Nicaragua: David Tejada Peralta

Así asesinaron a mi hermano

Morales asesinó a mi hermano

La Corte Militar de Investigación no admitió que René Tejada declarara ante ellos sobre la forma en que fue muerto su hermano David.

René hizo el relato completo a La Prensa para el más importante de todos los tribunales, el de la opinión pública.

El mayor Oscar Morales Sotomayor “Moralitos”es el asesino de mi hermano –dijo René Tejada ayer en su casa de habitación al ser entrevistado por La Prensa y hacer un completo relato de la forma en que fue muerto su hermano.

Oscar Morales Sotomayor “Moralitos”

Sin que los hermanos Tejada pronunciaran palabra, fueron atacados a puñetazos, con una carabina, a puntapiés, con manojos de alambres eléctricos de alta tensión por un enfurecido mayor Morales y por seis alistados a quienes continuamente él los excitaba a que continuaran con la inhumana golpiza.


El mayor Morales en el patio de su cuartel, la Tercera Compañía, era presa de satánica furia.

Mientras él mismo golpeaba a David Tejada con la culata de una carabina ocasionándole las lesiones en el cráneo que seguramente le causaron la muerte, gritaba sin parar:

- ¡Denle! ¡Denle más! … ¡Maten a este hijo de puta! ¡Mátenlo! ¡No lo dejen vivo!

Los alistados excitados en esa forma no cesaban de golpear con los manojos de alambres eléctricos, mientras los hermanos David y René Tejada Peralta se encontraban dentro de una pileta de agua completamente desnudos, pues para mayor efectividad de las torturas habían sido previamente despojados de sus ropas.



Moralitos sin poder contener su ira proseguía: - ¡Denles, denles más!

Estos son los hijos de puta que les volaron pija a ustedes el 22 de enero!

Este hijo de puta e fue el que mató al teniente Sixto Pineda! ¡Mátenlo, mátenlo!, y mientras tanto él mismo golpeaba con los manojos de gruesos alambres.

De nada le servía a David Tejada gritar: ¡yo no he matado al teniente Pineda, mayor. … Recuerde mayor que usted fue mi instructor en la Academia… ¡Ay mamita, me están matando!


La llegada

Después de narrar la forma en que fueron capturados, René continuó:

“Cuando nos llevaron a la Tercera Compañía escoltados por el teniente Porfirio Mercado, en un jeep, vimos que estaba ahí el mayor Oscar Morales junto con los oficiales (Javier) Arana y (Oscar) Porras y seis alistados que estaban alrededor de una pileta que le llaman “piscina” ¡Vengan para acá. Hoy los voy a matar! gritó el Mayor Morales.


Yo –continuó diciendo Rene -fui el primero en bajar del jeep.

Forzosamente tuve que pasar por donde el Mayor estaba, pues él se encontraba en el vértice entre el callejón, la “piscina” y el edificio.

Al pasar cerca de él, me tiró un golpe que lo quise medio capear con el brazo izquierdo, pero me dio en el mentón. Caí mareado sin perder el conocimiento.

Ya en el suelo me agarró a puntapiés y me hizo meterme al callejón a donde yo llegué casi arrastrándome huyendo de los puntapiés.

En el callejón estaba el teniente (Oscar) Porras desarmado y un alistado con un fusil.

A mí el mayor me había dado unos puntapiés que me dio cerca del corazón, y me había mareado.

Entonces le tocaba su turno a David y al pasar frente al mayor le dijo obscenidades, improperios, lo llamó hijo de puta, entonces fue que golpeó a mi hermano salvajemente con la carabina que andaba el teniente (Porfirio) Mercado.

-¡Te voy a matar, hijo de Puta! Vos fuiste el que mataste al teniente Pineda –decía el Mayor Morales.

Y no he sido mayor, contestaba mi hermano. Pero el Mayor Morales lo seguía golpeando.

Lo metieron dentro de la piscina y los alistados le daban y le daban con los manojos de alambres.



El Mayor Morales gritaba ¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo! Y cuando salió afuera le seguían golpeando.

Yo le decía al teniente Porras que le dijera al Mayor Morales que no lo siguiera golpeando, que lo iba a matar.

El Mayor Morales oyó y dijo: - ¡Dénmele a ese hijo de puta también! ¡A ese también lo voy a matar!

Entonces el alistado que estaba junto al teniente Porras me dio con la punta de la mira del fusil y luego con la culata. Yo me retorcí de dolor.

El mayor Morales agarró un cable de acero y se lo cruzó a mi hermano por la nuca. Mi hermano salió en carrera y cayó como a quince metros.

A mí me dolió el alma de ver eso… Hice intento de arrastrarme hacia mi hermano para ayudarle, pero entonces el mayor Morales grito ¡denle a ese también! Y entonces me siguieron golpeando.


Los desnudan


¡Desnúdense! - ordenó el Mayor. Ya desnudos completamente pues hasta los zapatos nos quitaron, a David lo metieron primero en la piscina mientras los alistados continuaban golpeándolo con los manojos de cables.

A mí me metieron después y también me golpeaban.

 Cuando nos agarrábamos al borde de la piscina nos daban más.

El mayor Morales seguía gritando ¡hijo de puta… te voy a matar! Vos fuiste el que mataste a Sixto Pineda; mi hermano le contestaba: -No es cierto. ¡Sí!, vos fuiste.

Enseguida dirigiéndose a mí: ¡Salí, salí de la piscina que a vos también te voy a matar! Me dio un golpe, fuera de la piscina yo me acosté boca abajo me seguían golpeando en la espalda.

Yo hacía esfuerzos para desmayarme para no seguir sintiendo, pues el sufrimiento, el dolor era horrible, como nunca había sufrido en mi vida, pues a mi propio dolor se unía el dolor que sentía al ver que se ensañaban aún más en mi hermano.

¡No podía más! Me tiré de nuevo a la piscina.

El Mayor Morales gritó: ¡Si. Vos hiciste un disparo. Se lo hiciste al Secretario del Presidente… ahora te voy a matar!

Golpes y mas golpes

La escena se repitió una y otra vez. Ordenaba que nos sacaran de la piscina y nos golpearan fuera de ella. Insatisfecho volvía a ordenar que nos metieran y dentro de ella continuaban golpeándonos con los manojos de cables. Una de las veces que me sacaron de la piscina, un alistado a quien puedo reconocer, me dio golpes en la chimpinilla mientras decía riéndose macabramente: - Allí es donde duele ¿verdad?

Casi muerto

A David lo golpeaban más que a mí. Salió de la piscina corriendo perseguido por los que le golpeaban. No pudo más… Se desplomó. El mayor gritó: ¡Denle dos más! ¡Mátenlo!

Yo me acerqué a mi hermano y vi que estaba mal. Me tiré sobre él para protegerlo con mi cuerpo.

Ya no nos siguieron dando.

En ese momento llegó el médico de la Tercera Compañía, capitán Fernando Cedeño.

El Mayor Morales le dijo: examiná a estos hijos de puta.

El médico me examinó a mí y dijo este tiene fracturado el brazo, lo voy a enyesar.

Me metieron en una celda, en la misma metieron a David totalmente imposibilitado.

Yo le dije al médico que David estaba muy mal y que hiciera lo posible por enviarlo a un Hospital, pero él dijo: Yo no puedo hacer nada, están a las órdenes del Mayor Morales… Ustedes estuvieron en la Guardia y saben cómo es la cosa.

El médico miró que mi hermano tenía heridas en la cabeza. Le rasuró en dos puntos para hacerle curaciones: en la parte delantera al lado derecho y atrás sobre la región occipital.

Tenía la cabeza deformada por los culatazos de la carabina, las patadas y los golpes con los cables de acero.

El médico le puso yodo y pedazos de algodón, después se fue.

Más tarde mire que llegaban donde mi hermano y le preguntaban dónde había conseguido la Luger1, que quién se la había dado.

Mi hermano no respondió porque estaba como moribundo.

Mi hermano quién sabe cómo hizo y se arrastró hacia una paja.

Quién sabe cómo hizo y la abrió. Se formó un charco alrededor de él. Cuando el agua llegaba casi a mí yo le grité que cerrara la paja. Quién sabe cómo hizo y la cerró.

Yo lo llamaba y él no respondía. De arrastrada sobre mi espalda, boca arriba llegué hasta él. Él también estaba boca arriba. Yo traté de pararme pero me maree y caí sobre él.

Después quedé en “cuclillas”. Le vi la cara desfigurada. El ojo izquierdo lo tenía casi salido de órbita. Del lado derecho del rostro lo tenía tremendamente inflamado, como si tuviera los huesos desbaratados, como si otra cara se le prolongara hacia ese lado.

Le pregunté ¿cómo te sentís?

Él me contestó: –me siento reventado, parece que me quebraron la columna.

Él me preguntó ¿y a vos te pegaron? Yo le dije que sí, entonces él dijo ¡qué imbéciles! Esas fueron las últimas palabras que dijo.

Yo me arrastré nuevamente hacia dónde estaba, buscando un lugar seco fuera del charco.

 Decidí dejarlo a él en el charco pues creía que quería refrescarse.

 Me quedé como dormido. Más tarde me desperté.

Volví a ver hacia donde estaba David y ya no lo vi.

Me arrastré y entonces vi que estaba en el servicio higiénico.

Tenía el brazo derecho dentro del tanque y tenía la cabeza sobre el brazo izquierdo. Yo pensé que estaba descansando y me volví a mi lugar.

Después del mediodía no sé exactamente la hora volví a llamarlo: - ¡David! ¡David!, no me contestó. Me arrastré de nuevo y vi que estaba en la misma posición. Ya de cerca le grité: - ¡David! ¡David! Y no me contestó. Me alarmé y me dije: ¡Está muerto!

Le toqué la zona del corazón, no había latidos. Le toqué el pulso y no había pulso. Sentí que no respiraba. Estaba helado.

Ya mi hermano estaba muerto.

Desesperado me arrastré hacia la puerta y grité a los alistados: ¡Vayan y digan que mi hermano acaba de morir!

Ellos solo volvían a ver. Eran como caras de piedras. Yo seguí gritando que mi hermano estaba muerto.

Al rato llegó el teniente (Oscar) Porras a quien informé que mi hermano estaba muerto, pidiéndole que informara para que llegara un médico, que tal vez era posible que se pudiera recuperar.

El teniente Porras se fue pero no volvió.

Yo me arrastré de nuevo hacia donde estaba el cadáver de David.

Con fuerzas que no sé cómo las saqué lo tomé en mis brazos y lo levanté, lo lleve hasta el charco de agua. Caímos abrazados sobre el charco. Yo le hice ejercicios.

Le sobé el corazón, pero el corazón no le latía. Lo llamaba ¡David! ¡David!.

Él no me respondía. Yo lo sentí helado. Lo arrastré y lo senté a la orilla de la pared, me costó mucho. Después pensé que se iba a helar en esa posición y que sería difícil meterlo en un ataúd para ser sepultado.

Yo pensaba que se le iba a dar cristiana sepultura.

Lo arrastré hacia el centro y lo extendí poniéndole los brazos junto a los costados, en posición para que pudiera ser introducido en el ataúd.

Llega el médico

Volví a la puerta y seguí gritando, que llamaran en a un médico! que inyectaran a mi hermano, que tal vez era posible. Pero los alistados tenían las caras como de piedra. Ni siquiera me contestaban.

Pasaron las horas. Ya en la noche, temprano de la noche, no sé a qué hora, tal vez como a las siete, llegó el médico, el capitán Cedeño.

Yo le dije inmediatamente: doctor mi hermano murió. Ya vio doctor, que yo le pedí que lo enviaran a un hospital.

El médico estaba terriblemente conmovido y me dijo: - Hermano, yo no puedo hacer nada. , Ustedes están a la orden del mayor Morales.

Comprendé que la orden era que los encarcelaran, no que los enviaran a un hospital.

Yo le dije: - dígale al mayor que quiero hablar con él. Que quiero que me permitan salir con el cadáver de mi hermano para enterrarlo.

El médico había llegado con el teniente (Manuel) Berríos quien estaba presente.

El médico se fue después de inyectarme y volvió como a las diez de la noche.

El médico con unos alistados sacó el cadáver de mi hermano. Los alistados no querían que yo lo viera.

Lo sacaron de arrastrada, completamente desnudo como estaba. – ¡Vuelva a ver a otro lado! –me ordenaban los alistados; entre ellos estaba el alistado que yo conozco, el que me había golpeado en la chimpinilla al salir de la piscina.


Agarré la ropa de mi hermano y la mía y me acosté sobre ella.

Como a las tres y media de la madrugada llegó el mismo alistado de quien les hablo y otros alistados.

No vi ningún oficial. Yo pensé que llegaban para sacarme a matar, como testigo de la muerte de mi hermano. Los alistados me ordenaron que me levantara.

Uno de ellos me puso una esposa en la mano derecha. En la izquierda no, porque la tenía enyesada.

Me pusieron de pies. Me pusieron una camiseta sobre la cabeza.

 Después otra camiseta me la amarraron sobre la boca y sobre esas dos camisetas me pusieron una colcha sobre la cabeza. Yo no veía nada ni podía decir nada.

Entonces creyendo que me iban a matar, comencé a medir tiempo y pasos.

Avancé hacia donde estaba un carro. Me sentaron en el asiento de atrás en medio de dos alistados.

El carro se puso en movimiento, yo traté de saber a dónde iba por el tiempo y el ruido del motor la velocidad tratando de averiguar.

Advertí alguna claridad y supuse que me llevaban o por la salida de la carretera Sur o por el bulevard de la salida de la carretera Norte.

Después sentí que tomaban un camino carretero. Pensé: Me llevan a matar, aquí termina mi papel en esta vida.

Se paraban, daban vueltas como para desconcertarme.

Como a los veinticinco minutos el carro se detuvo y alguien que iba en el asiento delantero, que yo supongo era el teniente Mercado, se bajó.

Al rato regresó y ordenó que me sacara.

Me introdujeron dentro del edificio y después en una pieza donde me acostaron en una cama.

La esposa la cerraron sobre uno de los tubos de la cama.

Entonces me quitaron las camisetas y la colcha, pude ver que estaba en una pieza que tenía techo de láminas de asbestos cemento.

Llegan los cigarrillos

Ahí me comenzaron a dar comida de guardia; después sus oficiales me daban su comida; comenzaron a tratarme bien.

El teniente Mercado llegó a verme al día siguiente y me preguntó ¿qué te hace falta?

Yo le pedí cigarrillos. Después le pregunté por el cadáver de mi hermano y le dije que si lo habían llevado a la Morgue, seguramente podían conservarlo ahí para varios días para mientras yo salía.

Él me dijo –sí, sí, así es, pueden tenerlo ahí por varios días.

A los cuatro días relevaron al teniente Mercado. Llegó el teniente Berríos. Después lo relevaron y llegó el teniente Martínez. Cada noche yo pensaba que me iban a sacar a matarme.

El médico llegaba todos los días. A los días me quitó el yeso, al averiguar que no tenía el brazo fracturado. Yo le preguntaba: - Doctor ¿qué hicieron el cadáver de mi hermano?

Él me contestaba –yo no sé nada de eso. Yo le decía: - indáguese doctor, esto es terrible.

Quiero saber si lo enterraron o no lo enterraron.


Llega Silva Reyes

Así pasaron los días, hasta que una madrugada, como a las cuatro llegó el médico y me despertó diciéndome que no me iba a pasar nada.

Que se había formado una Junta Militar de Investigación y que el mayor Silva Reyes estaba ahí para llevarme a declarar.

Cuando yo vi que era un mayor el que llegaba pensé: ¡no me van a matar! Porque cuando van a matar a alguien solo mandan alistados, no a oficiales de alta graduación.

El mayor Silva Reyes ya cuando yo estaba en el jeep, me dijo: -Vea don René, no sabe cómo lamentamos nosotros lo que ha pasado… no sabe cómo se encuentra indignado el General Somoza…

Diga usted la verdad de lo que ocurrió y no tenga miedo.

Tenga la seguridad que los responsables serán castigados.

En ese momento en el Cuartel de Mokorón se recibió una llamada telefónica.

 Salió el oficial de turno y dijo: -Es a usted mayor Silva. ¿Quién es? –preguntó Silva Reyes. El general Somoza contestó el oficial.

Después que el mayor Silva Reyes habló por teléfono volvió y me dijo: Así es la cosa. El General Somoza quiere que lo ocurrido se investigue y que usted diga la verdad y nada más que la verdad.

Me llevaron a enfermería del Campo de Marte en donde comenzaron a atenderme muy bien. Un oficial que estaba de turno llegó y me dijo:

El general ha ordenado que se le atienda bien para que esté en condiciones para declarar.

Ahí estuvo René Tejada hasta la noche del viernes cuando fue llevado a la sala de justicia.

Al final la Corte Militar de Investigación decidió que no se le pediría declaración y fue puesto en libertad. Habían transcurrido 17 días desde la tremenda golpiza y aún sufría los efectos de ella.2.
OTAS

1 Pistola Luger 9 mm de fabricación alemana que portaba David Tejada al momento de su captura.

2 Diario La Prensa, edición del 21 de abril 1968.



Contado por René Tejada Peralta y publicado por el diario La Prensa el domingo 21 de abril de 1968

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“Moralitos” murió en impunidad

Falleció a inicios del mes de marzo del 2008, en Miami, a los 78 años, el mayor Oscar Morales Sotomayor “Moralitos”, uno de los peores asesinos de la extinta Guardia Nacional, creada por la dictadura militar somocista.

El tristemente célebre “Moralitos” saltó a la fama tras asesinar a David Tejada Peralta, ex oficial de la GN que se opuso a los continuos crímenes y abusos de la genocida guardia somocista. Durante muchos años se especuló que había lanzado el cadáver al volcán Santiago.

Según reporta el periódico La Estrella de Nicaragua, publicado en Miami, EU, Morales Sotomayor perteneció a la promoción No. 4, Clase 1944-1947 de la Academia Militar de Nicaragua, y entre los varios cargos que tuvo, el más destacado fue el de oficial ayudante del dictador Anastasio Somoza Debayle.

Cuando se desempeñó como instructor de la Academia Militar, “Moralitos” tuvo como alumno a David Tejada Peralta, a quien posteriormente asesinaría a golpes en 1968.

Somoza Debayle se preocupó por el efecto negativo que la acción de Morales tuvo a nivel nacional, por lo que fingió un juicio donde su ex ayudante personal fue “condenado” a 18 años de prisión, gracias en particular, al testimonio en su contra del capitán de la GN y doctor, Fernando Cedeño Flores.

“Moralitos”, en realidad, nunca estuvo en prisión, y el 13 de abril de 1970 asesinó en una emboscada al doctor Cedeño Flores, quien iba con su esposa. El privilegiado asesino fue otra vez presuntamente a prisión, pero “escapó” del Hospital Militar en 1972, al ocurrir el terremoto que destruyó nuestra capital.

Este asesino, aficionado a los gallos y a las balas contra inocentes, huyó hacia Honduras y Guatemala, y luego se radicó en Miami, donde falleció.

https://www.elnuevodiario.com.ni/nacionales/11330-moralitos-murio-impunidad/

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El doble crimen de 'Moralitos'

En 1968 mató al reo David Tejada, torturado en la cárcel, y dos años después, mientras “guarbaba prisión” asesinó en la carretera al médico militar Fernando Cedeño, quien había atestiguado en su contra

El violento sol de Semana de Pascua calcinaba el pavimento de la carretera León-Managua. Rápido, desde su jeep militar, el hombrecito semi calvo y moreno apuntó su arma de guerra, y disparó. Los tiros reventaron en pedazos el vidrio de la ventana trasera del aparcado auto rojo y se alojaron certeramente en la asombrada humanidad del otro hombre, que como blanco inmóvil, recibió los balazos. Sólo había tenido tiempo de gritar a su esposa que se agachara. Ella estaba revisando las llantas del vehículo. Creían que una se había estallado, cuando sonó el primer tiro.

Asustada, la mujer se incorporó y corrió hacia el volante. El cuerpo sin vida de su marido manaba sangre. Con una sonrisa, el asesino la saludó militarmente, le dijo que no tuviera miedo por ella y escapó. Era el lunes 13 de abril de 1970.

La viuda, sola en plena carretera, limpiaba la sangre de los espesos bigotes negros de su marido, tocaba el cuerpo, lo abrazaba, quería llevarlo a un hospital, pedía ayuda. La auxiliaron unos campesinos que pasaban por ese fatídico kilómetro 56, movieron al muerto del timón y ella manejó hasta Managua, donde en el puesto militar de Las Piedrecitas denunció que su marido había sido asesinado.

Al día siguiente, el titular a ocho columnas del diario La Prensa recogió la noticia: «Moralitos asesina al Capitán Fernando Cedeño». Otras notas periodísticas revelaban que para «Moralitos» vengarse de Cedeño se había convertido en una obsesión.

Una corte Militar

Para quienes no recuerdan el suceso, o aún no habían nacido para conocerlo, el caso se había iniciado dos años antes, cuando Cedeño dictaminó en la Corte Militar que se montó para acusar a «Moralitos», que el ex-Teniente David Tejada, había muerto como consecuencia de la golpiza que le propinaron cuando era reo de Oscar Morales. Esto había ocurrido precisamente un Viernes de Dolores, el viernes 5 de abril de 1968.

Tejada, al momento de su muerte, era un dirigente estudiantil y algunos conocían que junto con su hermano René había tenido roces con «Moralitos», que culminaron con la captura, vapuleada y posterior fallecimiento en las ergástulas de la Tercera Compañía que jefeaba Oscar Morales.

Cedeño, en su declaración ante la Corte Militar que juzgaba a «Moralitos» por la muerte de Tejada, dijo que Moralitos, quien era su Comandante Militar, no quiso llevar a los hermanos Tejada al hospital y le ordenó a él, como médico militar, que los revisara. Cedeño testimonió que los jóvenes reos habían sido golpeados fuertemente y que consideraba que esta paliza había matado a Tejada.

Convertido en héroe

Por estas declaraciones radiodifundidas nacionalmente desde la Corte Militar, Cedeño se convirtió en un héroe nacional y Morales en un asesino que fue condenado a prisión.

El caso que adquirió ribetes sumamente dramáticos tenía como versión oficial del acusado de que Tejada había sido lanzado al Volcán Santiago de Masaya, en la luna llena del Viernes Santo. Pero también se manejó que un médico militar y otros oficiales habían inyectado gasolina y quemado el cadáver, cuyos restos fueron enterrados en el cuartel «Mokorón» que controlaba Morales y que estaba situado en las alturas de la loma ubicada frente al Recinto Universitario de la UNAN.

Pero antes de que empezaran estos comentarios, tras ya conocer el fallecimiento del ex Teniente David Tejada, los familiares y compañeros universitarios de los Tejada y aún ciertos militares sólo manejaban la versión de que los hermanos Tejada habían desaparecido y no se encontraban por ninguna parte.

Alguien dijo que andaban en el mar. Otro contó que los habían visto en el restaurante Munich discutiendo con un militar. La grita del pueblo no se hizo esperar, pedían ver a los jóvenes exmilitares que también eran estudiantes universitarios y en ese momento, por tanto, se especulaban como víctimas de la dictadura.

Morales fue acusado por la Fiscalía Militar representada por el Coronel José Ramón Silva Reyes. Morales fue condenado a prisión por la muerte de David Tejada. De inmediato tanto Silva Reyes, como Cedeño, el testigo principal, se convirtieron en víctimas de las amenazas y atentados de Morales. Por sus vínculos con importantes jefes militares, Moralitos no llegó a estar encarcelado. Era un reo de confianza en su natal León, mientras Cedeño era amenazado anónimamente y mal visto por sus colegas.

Cedeño y su familia denunciaban que el Mayor Morales circulaba libremente. Una vez Silva Reyes denunció que había tratado de matarlo a él. La Guardia Nacional desmentía lo dicho por testigos y reiteraba que el Mayor Morales se encontraba reo en el Fortín de Acosasco de León. Así pasaron dos años.

Venganza e impunidad de "Moralitos"

El Mayor Oscar Morales Sotomayor y sus compañeros de armas, todos muy cercanos a Somoza, consideraban que el testimonio de Cedeño en su contra, era una traición militar. Por lo tanto, amigos militares de alto rango protegían a Morales y según fuentes, fueron ellos los que le avisaron que Cedeño iba para Chinandega, luego para León y que regresaría a Managua esa misma mañana.

Morales estaba en una finca de un militar cercano al balneario El Tránsito y de allí salió armado a esperar la pasada de Cedeño por la zona.

Lo encontró ya cuando regresaba a Managua a la altura del km 56 y le disparó con su rifle militar. Cedeño fue cazado como un animal. Todo sucedió en segundos. Cedeño estaba muerto. «Moralitos» se había vengado. El médico militar que había declarado en su contra, era ya un cadáver. Fácil blanco, no llevaba armas y tenía lesionada una pierna, por eso manejaba un vehículo automático. Sólo lo acompañaba su esposa. Morales se bajó de su jeep para cerciorarse que Cedeño había muerto. Luego se cuadró como militar, ante la viuda, la «tranquilizó» y se fue.

«El se bajó, empujó a Fernando y él se cayó. Me dijo que era eso lo que quería comprobar. Se montó de un brinco en su jeep que ya tenía la trompa hacia León y se fue», relataba la viuda ante los periodistas. Ese mismo día sus cuatro hijos la rodeaban llorando.

Una testigo fundamental

«Un rencor que nunca se apagó» era el titular de primera en La Prensa del miércoles 15 de abril de 1970. Al lado, la foto, ya muerto, del médico y Capitán de la Guardia Nacional, Fernando Cedeño Flores, más abajo, la foto de Morales. Por otro lado, la Oficina de Leyes y Relaciones de la Guardia Nacional, bajo el Capitán Aquiles Aranda, decía que ahora sí, que Morales estaba ya preso en León. Pero Morales no aparecía.

De nuevo los nombres de «Moralitos» y Cedeño aparecieron vinculados en los medios periodísticos y legales. Pero esta vez la viuda, Doris Pineda de Cedeño, pidió un juicio civil para Morales. Lo obtuvo. El Juez fue el ExPresidente de la Corte Suprema de Justicia, Magistrado Guillermo Vargas Sandino, entonces Juez Primero del Distrito del Crimen de Managua.

Más tarde, en sus declaraciones ante el juzgado, la viuda dijo que «Moralitos parecía estar cazando venados con nosotros». Fue cuando su hija Carmen de diez años entonces, no pudo contenerse y llamó «asesino», a Moralitos, gritándole en la cara.

En el juicio, Morales fue defendido por los abogados Carlos Olivas y Bonifacio Sandoval. Pero fue condenado a 18 años de prisión. Luego, el médico Flavio Morales, hermano de «Moralitos» solicitó que éste recibiera cuidados psiquiátricos. Decía escuchar la voz de Cedeño. Dos años después, tras el barullo del terremoto de 1972, los amigos militares de «Moralitos» lo ayudaron a huir del país.

Un condenado camina libre

Treinta años después, Carmen Cedeño de Matamoros, la hija del médico militar Cedeño, todavía recuerda esos momentos. «Cuando nosotros nos bajamos del bus del colegio ese día, un periodista me puso el micrófono y me preguntó qué pensaba yo de la muerte de mi padre. Fue un impacto espantoso. Yo no sabía nada. Entonces me puse a esperar a mi mamá. Cuando ella llegó venía toda llena de sangre y me di cuenta de lo que había pasado. Fue horroroso».

Tuvieron que vivir muchos días más de dolor y seguir pidiendo justicia sin conseguirla.

Cuenta ahora que Morales continúa libre, que no termina de cumplir su condena, pues sólo estuvo algunos meses preso antes de escaparse. Hace poco fue visto en Nicaragua.

Entra y sale

«Una señora me llamó para avisarme que lo habían visto en un entierro de un amigo suyo en Chinandega. Entra y sale de Nicaragua cuando quiere y después que lo condenaron a 18 años de prisión, sólo estuvo poco tiempo porque se escapó durante el terremoto del Hospital El Retiro donde estaba por problemas psiquiátricos», cuenta Carmen.

Fue Carmen, la niña que llamó asesino a Moralitos y la mujer a quien el gobierno de Estados Unidos llamó para que aclarara el caso que tenía su familia en contra del homicida. Moralitos estaba intentando recibir la visa de residencia del gobierno norteamericano.

Como Carmen Cedeño explicó que Moralitos era un prófugo de la justicia nicaragüense, y lo citaron a este juicio para su residencia, Moralitos huyó de los Estados Unidos.

«Esto sucedió hace tres años. Nosotros supimos que antes él estuvo en Guatemala en donde puso un restaurante que se llamó El Vigorón. Allí le hicieron un atentado. Dicen que los sandinistas fueron, pero no se supo. Luego vivió en Miami, en La Pequeña Habana, pero nosotros nunca lo vimos. Ahora anda por estos lados», exclama Carmen.

Han pasado treinta años. Ya Doris Pineda de Cedeño, la viuda, murió. Pero muchos de los protagonistas de esta historia continúan vivos. ¿En qué momento este hombre cercano a los ochenta años se encontrará de nuevo frente a Carmen Cedeño? ¿Le gritará ella «asesino» de nuevo como lo hizo a sus diez años? ¿Lo habrá perdonado realmente?

Estamos en Semana Santa de nuevo, coincidentemente un período en el que «Moralitos» mató dos veces. El calor calcinante del verano, la impunidad, su tiempo para matar.

El Nuevo Diario el 17 de abril del 2,000

http://confidencial.com.ni/archivos/articulo/21717/el-doble-crimen-de-039-moralitos-039