¿Realmente Daniel Ortega abolió las elecciones en Nicaragua?

-¿Realmente Daniel Ortega abolió las elecciones en Nicaragua

La economía mundial va tirando a pesar de las dificultades, pero se avecina una tormenta

No han ido muy bien las cosas este año para la economía mundial y sí que han salido mal muchas otras. 

Dos grandes guerras regionales andan desestabilizando los precios y las cadenas de suministro por doquier. Las empresas y los consumidores están notando los efectos de una grave crisis energética. 

El aumento de la inflación ha encarecido considerablemente la financiación de la deuda pública. China y EE. UU. están en desacuerdo en materia comercial.

Sin embargo, hasta ahora, las repercusiones han sido moderadas. Es casi un milagro que los ministros de Hacienda y los gobernadores de los bancos centrales reunidos en el encuentro anual de este año del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Bangkok no tengan que hacer frente a una crisis en toda regla. 

No es como en el otoño de 2008, cuando las reuniones se celebraron en pleno apogeo de la crisis bancaria mundial.

El FMI tiene razón al afirmar que los países han demostrado resiliencia a la hora de hacer frente a tantos obstáculos. Podría haber sido peor. Mucho peor. Hubo hasta buenas noticias para el Reino Unido, ya que el FMI ha revisado al alza sus previsiones de crecimiento para este año y ha elogiado al gobierno [británico] por su plan de reducción del déficit.

El comportamiento de la economía mundial, mejor de lo esperado, rompe con los precedentes históricos. 

En el pasado, las crisis petroleras de la magnitud observada desde el inicio de la guerra de Irán han tenido un impacto notable e inmediato, pero hay tres razones clave por las que, en esta ocasión, el crecimiento se ha mantenido sólido y la presión inflacionista ha sido moderada.

La primera es la enorme inversión en el desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Esto ha resultado especialmente importante en los EE. UU., que son, con diferencia, el miembro del G7 —el grupo de las principales economías desarrolladas— que más rápido crece en términos interanuales. La segunda es que los países han recurrido a sus reservas de petróleo, lo que ha ayudado a paliar la pérdida de crudo procedente de Oriente Medio. 

Si no se hubieran agotado las reservas, los precios del petróleo habrían subido aún más bruscamente. 

El tercero es que la estrategia económica de China se basa en la exportación de productos baratos al resto del mundo, lo cual está ejerciendo presión a la baja sobre los precios de las importaciones en otros lugares. Mientras tanto, la enorme inversión estadounidense en IA ha hecho subir el coste del crédito y ha provocado una escasez de capital en los sectores ajenos a la IA. 

Los gobiernos se ven sometidos a presión para que frenen el gasto o suban los impuestos, con la esperanza de que los mercados de bonos se vean impresionados por sus esfuerzos por reducir los déficits presupuestarios.

Las advertencias —entre otros— de la directora del FMI, Kristalina Georgieva, y del gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, sobre la necesidad de llevar una política fiscal más rigurosa llegan en un momento en el que los votantes quieren que los políticos hagan más, no menos. 

Hay poco interés por una nueva era de austeridad, y los ministros de Hacienda lo saben. Si siguen haciendo declaraciones duras y aplican realmente medidas dolorosas, es probable que la reacción sea brutal.

Un problema igual de grave para los gobiernos es la necesidad —en un momento en que las cadenas de suministro globales están al límite y son frágiles— de impulsar la autosuficiencia nacional. Las protestas estudiantiles en la India y Francia ponen de relieve las presiones a las que se ven sometidos los Estados para que intervengan. 

Sin embargo, la capacidad de los Estados para actuar de forma eficaz es mucho más débil de lo que están dispuestos a admitir.

En un momento en que la globalización está en retroceso, se necesita un sistema sólido de cooperación multilateral para hacer frente a las tensiones. En la actualidad, este no es el caso. La Organización Mundial del Comercio (OMC) está moribunda en esta nueva era de proteccionismo, y el FMI y el Banco Mundial se muestran reacios a llamarle la atención a Trump por su errático comportamiento.

Dicho esto, los posibles focos de tensión se encuentran por todas partes. La situación en Oriente Medio se está deteriorando, y el conflicto se está extendiendo a Arabia Saudí. 

Las reservas de petróleo se están agotando y Donald Trump ha arrojado a los EE. UU. precisamente al tipo de «guerra eterna» contra la que solía arremeter. La desventaja de los productos chinos baratos es que están amenazando los puestos de trabajo en el sector manufacturero en Occidente, en el que Alemania resulta especialmente vulnerable.

Sin embargo, la idea de que va a florecer una nueva era de colaboración cuando haya un nuevo presidente de EE. UU. es una quimera. Los problemas del multilateralismo son mucho más profundos. El orden mundial liberal que el FMI y el Banco Mundial han presidido desde el final de la Segunda Guerra Mundial ya era disfuncional mucho antes de que Trump llegara al poder.

Como señala Richard Kozul-Wright, exfuncionario de la ONU, en un trabajo que se publicará el próximo mes, el FMI y el Banco Mundial —creados en la conferencia de Bretton Woods de 1944— pueden seguir en activo, pero han perdido su vínculo con los principios del New Deal establecidos hace 82 años: la intervención estatal en la gestión de las economías, una política industrial activa, la búsqueda del pleno empleo y la ayuda al desarrollo de los países pobres.

 «En cambio, en las últimas décadas han seguido una agenda que fomenta el capital sin ataduras, refuerza (y protege) el beneficio privado y reduce el margen de maniobra de los gobiernos. Como resultado, han actuado como cómplices de una época marcada por la creciente desigualdad, la crisis de la deuda y una mayor ansiedad».

Los propios programas del FMI para los países que acuden en busca de ayuda financiera ilustran la tesis de Kozul-Wright sobre la falta de margen de maniobra para medidas políticas. La ayuda llega con condiciones: se insiste en subidas de impuestos y recortes de gasto que se concentran al principio, de modo que la mitad de las medidas se aplican durante el primer año y dos tercios en un plazo de dos años.

El FMI sostiene que este «amor contundente» tiene más posibilidades de éxito, aunque su visión de lo que constituye el éxito es limitada y significa, principalmente, que un país prestatario no necesite otro programa del FMI en los próximos tres años. No significa que el nivel de vida esté mejorando ni que haya menos personas en situación de pobreza.

Es evidente que sería útil volver a los principios del New Deal. Significaría que los gobiernos dispusieran de mayor margen de maniobra para desarrollar estrategias adaptadas a sus propias necesidades. Significaría un impulso a la inversión pública. Significaría un nuevo Plan Marshall para ayudar a los países más pobres a hacer frente a la crisis climática. 

Significaría un intento serio de abordar los problemas de endeudamiento. Pero, con toda honestidad, nada de eso tiene posibilidades de suceder a corto plazo. Como resultado, el mundo se va convertir en algo más caluroso, más fracturado, más propenso a los conflictos, menos igualitario y mucho más airado.

Al FMI le preocupa que los límites de esta resiliencia puedan en breve ponerse a prueba, y tiene razones para estar preocupado. La paz en Oriente Medio haría que los precios del petróleo se desplomaran, pero, a menos que eso ocurra rápidamente, nos espera un largo invierno. Esto parece más una crisis pospuesta que una crisis evitada de forma definitiva. La calma antes de la tormenta, con toda probabilidad.

Larry Elliott dirigió durante casi treinta años la sección de economía del diario británico The Guardian, del que sigue siendo articulista, y es coautor, junto a Dan Atkinson, de “The Gods That Failed: How the Financial Elite Have Gambled Away Our Futures” (Vintage) [“Divinidades fallidas: Cómo la élite financiera se ha jugado nuestro futuro”].

Texto original: The Guardian, 15 de octubre de 2026

Traducción: Lucas Antón

Related Posts

Subscribe Our Newsletter