La geopolítica da giros constantes y bruscos: algunas iniciativas acaban convertidas en un modelo a repetir, y otras quedan en una especie de 'fuera de juego', como el jugador al que se sanciona por adelantarse a la última línea defensiva.
La acción militar que emprende el presidente salvadoreño, Nayib Bukele, para recuperar a cuatro aerotécnicos de su ejército, presuntamente secuestrados por las pandillas haitianas tras una emboscada el pasado 18 de octubre, es de alto riesgo y supone una apuesta de enorme envergadura para el gobierno de un país relativamente pequeño.
Además, llega en un contexto internacional marcado por las elecciones de medio mandato en EE.UU., cuyos resultados parecen restar margen de maniobra a la Administración de Donald Trump, asfixiada por sus múltiples frentes abiertos.
Tras casi tres semanas, el despliegue salvadoreño en Haití ha adquirido matices complejos.
Los cuatro militares formaban parte de la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF), la misión autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU que sustituyó en 2025 a la misión de apoyo liderada por Kenia.
Lo inédito no es la presencia salvadoreña en Haití, sino su escala y su formato: es el primer despliegue militar extranjero en el país fuera de una misión de Naciones Unidas desde 2004, y el mayor de El Salvador en el exterior desde la guerra con Honduras de 1969.
Lo inédito no es la presencia salvadoreña en Haití, sino su escala y su formato: es el primer despliegue militar extranjero en el país fuera de una misión de Naciones Unidas desde 2004, y el mayor de El Salvador en el exterior desde la guerra con Honduras de 1969.
San Salvador lo presenta como un arreglo bilateral con el gobierno haitiano, pero en la práctica la operación funciona con un cariz unilateral: según la ONU, solo unos 200 de los efectivos salvadoreños están integrados en la GSF, y el resto responde a un mando propio en Puerto Príncipe.
Lo que tenemos, al final, es un contingente de más de 2.000 soldados salvadoreños en un territorio infestado de pandillas que lo controlan como su patio trasero.
Los escenarios definitorios de la intervención
Ante este panorama se abren distintos caminos estratégicos, de los que destacan dos.
El primero, ideal para Bukele, es el de la acción quirúrgica y el éxito tecnológico. En este escenario, el gobierno salvadoreño desplegaría, junto con aliados estratégicos, una capacidad tecnológica militar que le permitiera ejecutar operaciones de precisión en un plazo breve.
De materializarse, neutralizaría a las facciones hostiles sin un saldo elevado de vidas humanas y consolidaría una victoria rápida que validaría el modelo de intervención.
Pero ese escenario no juega solo. También cabe que el ejército salvadoreño esté entrando en un terreno pantanoso, de desgaste prolongado, que acabe debilitando el 'modelo Bukele' de seguridad, tan en boga en la región. El riesgo que asume el presidente es evidente.
Cada día sin victorias tempranas vuelve la situación más engorrosa, y ya se ha encontrado calcinado el vehículo de los desaparecidos sin rastro de ellos.
En el peor de los casos, una operación de rescate tan intrincada podría costar vidas de soldados salvadoreños y convertir la misión en un atolladero militar. Eso abre la pregunta de qué pasos daría Bukele si la situación se complica.
La complejidad aumenta porque en Haití no existe un interlocutor único ni una sola banda con la cual negociar: el territorio está fragmentado en múltiples facciones armadas.
Factores de impacto regional y geopolítico
La respuesta de Bukele no es un hecho aislado. Responde a las lógicas de alineamiento de la derecha regional y se inscribe en un ciclo de tensiones sobre la soberanía hemisférica: la crisis haitiana que se agravó tras el magnicidio del presidente Jovenel Moïse en 2021 o el respaldo abierto de Washington al gobierno boliviano frente a las recientes protestas.
El problema es que este tipo de acciones tiene hoy contrapesos geopolíticos de peso. Los conflictos globales, como el desatado tras el ataque contra Irán y su impacto en los precios de la energía y en las urnas estadounidenses, siembran dudas sobre la sostenibilidad de aventuras militares externas prolongadas.
Si el nuevo mapa del Congreso reduce el margen de maniobra de la Casa Blanca, a Bukele le resultará más difícil apoyarse en Washington para lograr un triunfo rápido y contundente sobre las bandas haitianas. EE.UU. ya intervino en Haití en 1994 para restituir al presidente electo Jean-Bertrand Aristide.
Vienen horas decisivas, en las que el mandatario salvadoreño se verá obligado a mostrar victorias tangibles, aunque sean parciales. Cada día que pasa eleva el riesgo.
Preparar una retirada también es una opción militar plausible, aunque la suerte de los cuatro militares sigue siendo incierta.
El otro país clave para tener apoyo en el terreno es Brasil, que tiene una trayectoria ineludible en Haití tras encabezar el componente militar de la MINUSTAH entre 2004 y 2017. Sin embargo, el gobierno brasileño no se ha mostrado receptivo ante la incursión salvadoreña.
La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva, el 25 de octubre, frente a Flávio Bolsonaro mantiene cerrada la puerta de una alianza ideológica con el bolsonarismo, que le habría resultado muy útil a Bukele en este escenario.
En conclusión, en pocas semanas la iniciativa de fuerza de Bukele ya empieza a cargar con su peso: miles de salvadoreños desplegados en un terreno hostil que se volvería mucho más complejo si estallan enfrentamientos directos y masivos con los grupos armados, algo que hasta ahora no se ha producido.
La efectividad real de esta iniciativa militar y sus consecuencias están por verse.
No solo está en juego la estabilidad interna de El Salvador, sino también la viabilidad del modelo de seguridad que la derecha populista latinoamericana está importando a sus países.
El resultado servirá para seguir justificando misiones militares extraterritoriales o para entender que el último giro geopolítico es una invitación a no adentrarse en los asuntos de otros países.
Vienen horas decisivas, en las que el mandatario salvadoreño se verá obligado a mostrar victorias tangibles, aunque sean parciales. Cada día que pasa eleva el riesgo.
Preparar una retirada también es una opción militar plausible, aunque la suerte de los cuatro militares sigue siendo incierta.
https://esrt.space/opinion/ociel-ali-lopez/636412-bukele-haiti-ensayo-modelo-intervencion-salto
