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EEUU: El mito de Roswell y la farsa estelar

Cómo la contrainteligencia forjó la operación psicológica Ovni para orquestar el reinicio espiritual de la humanidad.

Lejos de ser una reliquia de la Guerra Fría, la guerra psicológica Ovni se erige como la tecnología de dominación más sofisticada jamás creada, y la narrativa del ovni estrellado en Roswell —lejos de ser un hecho aislado— constituye su obra maestra multigeneracional, una sofisticada operación diseñada para moldear generaciones enteras.

En el vasto y turbio océano de la desinformación contemporánea, pocas narrativas han logrado infiltrarse con tanta profundidad en el imaginario colectivo como el llamado «incidente de Roswell». 

Lejos de constituir un misterio inocente o una prueba de visitantes interestelares, este relato se revela, tras un examen riguroso, como una de las operaciones de guerra psicológica más exitosas y duraderas de la historia moderna. 

Como sostiene el historiador revisionista Matthew Ehret en el séptimo episodio de su programa “Breaking Free of Psyops”, publicado en Badlands Media y Canadian Patriot Press , la narrativa del ovni estrellado en el desierto de Nuevo México no es un hecho aislado, sino una sofisticada arquitectura de engaño diseñada para moldear generaciones enteras, desviar energías sociales y allanar el camino hacia lo que ciertas facciones de la élite transatlántica denominan un «reinicio espiritual» de la humanidad. 

La guerra psicológica, entendida como una tecnología de dominación que emplea la desinformación, los fármacos psicoactivos, la programación predictiva a través del cine y la televisión, y la creación de mitologías enteras, ha encontrado en el fenómeno OVNI su campo de pruebas más fértil y su vehículo de control más eficaz.

Para comprender la magnitud de lo que realmente ocurrió en el verano de 1947, resulta indispensable situar aquel acontecimiento dentro de una constelación más amplia de programas de inteligencia que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, trabajaron sistemáticamente para transformar la psique de la ciudadanía occidental, en particular de la generación del baby boom

Quienes siguen el trabajo de Ehret reconocen que no se trata de teorías marginales, sino de un entramado verificable de documentos desclasificados, testimonios de agentes arrepentidos y una cadena de vínculos personales e institucionales que conectan a la CIA, la inteligencia británica, magnates petroleros como los Rockefeller y figuras clave del esoterismo militar. 

La guerra psicológica no es, en este contexto, una metáfora: es una tecnología de dominación que utiliza la desinformación, los fármacos psicoactivos, la programación predictiva a través del cine y la televisión, y la creación de mitologías enteras para redirigir las energías sociales hacia metas perfectamente calculadas por una élite globalista. 

La pregunta fundamental que surge entonces es: ¿por qué ahora, en pleno colapso del orden unipolar, se insiste con tanta fuerza en la «divulgación» OVNI? 

La respuesta, según Ehret, es que la guerra psicológica se intensifica en los momentos de transición sistémica, cuando el viejo orden se desmorona y la ciudadanía comienza a cuestionar las narrativas oficiales sobre economía, política y salud, haciéndose necesario ofrecer una distracción de proporciones cósmicas.

El origen criminal e inteligentístico del principal vehículo mediático que resucitó la historia del platillo volante estrellado debería bastar para sembrar una duda razonable en cualquier mente crítica. 

Ehret dedica buena parte de su exposición a desmontar la narrativa oficial del fenómeno OVNI, mostrando cómo el mito de Roswell fue deliberadamente reactivado a mediados de la década de 1970 por el National Enquirer, un tabloide fundado en 1951 por el general Rousso Pope Jr., quien a su vez recibió financiamiento de Frank Costello, un importante jefe de la mafia italoamericana vinculado a Lucky Luciano y, a través de este, a la CIA y la OSS en las operaciones de posguerra. 

No resulta casual que Laurance Spelman Rockefeller, uno de los cinco hermanos Rockefeller y nieto del fundador de Standard Oil, dedicara los últimos doce o trece años de su vida a promover la «divulgación» OVNI. 

Como documenta Ehret, en 1994 Rockefeller escribió una carta en la que señalaba que «el incidente de Roswell de julio de 1947 sería un lugar lógico y desafiante para comenzar» el proceso de desclasificación de información gubernamental sobre ovnis. 

Rockefeller, que había sido uno de los principales impulsores del conservacionismo global —un movimiento que, en su cara más oscura, sirve a la agenda de despoblación mundial—, logró que la administración Clinton adoptara su programa de divulgación, liberando millones de archivos con testimonios de avistamientos y abriendo las puertas de la Casa Blanca a figuras como John Podesta

La guerra psicológica se nutre de estos pequeños detalles que, hilvanados, dibujan un tapiz de influencias, lealtades familiares y proyectos de poder que trascienden los ciclos electorales y las fronteras nacionales.

La conexión entre los Rockefeller y el fenómeno OVNI no comenzó en la década de 1990, sino que se remonta a 1938, cuando la misma familia financió la famosa transmisión radiofónica de La guerra de los mundos dirigida por Orson Welles.

 Aquel experimento de psicología de masas, diseñado para observar cómo reaccionaría la población estadounidense ante la noticia de una invasión extraterrestre, sirvió como banco de pruebas para lo que décadas más tarde se convertiría en una operación sistemática de desinformación. H.G. Wells, Winston Churchill y Lord Mountbatten habían especulado abiertamente sobre la utilidad de una amenaza alienígena para forzar la unificación de la humanidad bajo un gobierno mundial único, y la transmisión de 1938 demostró que el pánico podía ser inducido con relativa facilidad. 

Esta idea, lejos de ser una divagación aislada, fue una constante en los círculos de poder, como lo demuestra la declaración de Sir Anthony Eden en 1947 sobre la necesidad de «encontrar a alguien en Marte contra quien enfadarse». 

El «reinicio espiritual» que busca esta élite no es, por tanto, un despertar de la conciencia, sino la imposición calculada de un mito fundacional artificial que reemplace las estructuras religiosas tradicionales por una espiritualidad sincrética, psicodélica y, en última instancia, controlada por los mismos artífices del engaño.

Ahora bien, para que el mito de Roswell funcionara como herramienta de desinformación a largo plazo, necesitaba un relato coherente, testigos creíbles y, sobre todo, un sistema de difusión que mantuviera viva la llama durante generaciones. 

El programa del historiador dedica una sección extensa a desmontar la figura de Jesse Marcel, el único testigo ocular autorizado del supuesto rescate de los restos del ovni. 
Las investigaciones de Robert G. Todd, publicadas en 1995 en Fortean Times, revelaron que Marcel había inventado sistemáticamente sus credenciales: afirmaba tener un título en física por la Universidad George Washington, pero dicha universidad no tiene registro alguno de su paso por sus aulas; sostenía haber sido piloto desde 1928 con más de tres mil horas de vuelo, pero los archivos de la FAA nunca oyeron hablar de él; decía haber servido como ayudante del general Hap Arnold, pero su expediente militar no muestra ninguna asignación que lo vincule con Arnold antes de diciembre de 1948. 

En suma, Jesse Marcel era un mentiroso patológico, un hombre que había construido su identidad sobre ficciones y que, probablemente por esa misma fragilidad psicológica, resultó un instrumento perfecto para los servicios de inteligencia. La guerra psicológica encuentra en estos individuos vulnerables, deseosos de protagonismo y reconocimiento, a sus colaboradores más efectivos.

Pero el mito de Roswell no se sostendría únicamente sobre las mentiras de Marcel. 

Hacía falta una institucionalización del relato, una red de investigadores, conferencias, premios económicos y cobertura mediática que normalizara la discusión sobre platillos volantes y cadáveres alienígenas. 

Y aquí aparece en escena el llamado «panel de expertos sobre ovnis» del National Enquirer, activo entre 1976 y 1979, que ofrecía un millón de dólares a quien probara la existencia de naves extraterrestres y cantidades de entre cinco y diez mil dólares por los mejores testimonios del año. 

Como señala Mark Pilkington en su libro Mirage Men: An Adventure into Disinformation, Paranoia and the Weird World of UFOs (2010), esta iniciativa incentivó la creación de un verdadero mercado del fraude OVNI: personas comunes comenzaron a fabricar platillos, a disfrazar cadáveres de animales como alienígenas y a presentar pruebas falsas ante unos jueces que, lejos de desenmascarar los engaños, parecían ansiosos por validarlos. 

La guerra psicológica se tornaba así un negocio rentable para los estafadores y un campo de cultivo perfecto para la confusión generalizada. 

El propio J. Allen Hynek, quien fuera asesor científico de los proyectos de la Fuerza Aérea estadounidense Sign, Grudge y Blue Book, pasó de ser un escéptico convencido —que atribuía los avistamientos a «gas de pantano» y otros fenómenos triviales— a convertirse, a partir de 1964, en el mayor evangelista de la «verdad OVNI». 

Este viraje radical, que algunos han comparado con una conversión religiosa, resulta cuando menos sospechoso si consideramos que Hynek fue quien acuñó la tipología de encuentros cercanos de primero, segundo, tercer y cuarto tipo, y quien asesoró a Steven Spielberg en películas como Encuentros cercanos del tercer tipo y E.T., contribuyendo así a fijar en el imaginario colectivo la imagen del alienígena benevolente. 

La guerra psicológica se infiltra en la fábrica de mitos de Hollywood, y Hollywood, a su vez, moldea los sueños y las expectativas de millones de personas en todo el mundo.

El entramado se vuelve aún más siniestro cuando se examinan las confesiones directas de los agentes implicados. William Moore, quien coescribió en 1980 El incidente de Roswell junto a Charles Berlitz, un autor de background militar que ya había popularizado el mito del Triángulo de las Bermudas, confesó años después en una conferencia que había sido reclutado por inteligencia de la Fuerza Aérea para diseminar desinformación dentro de la comunidad ufológica. 

Su contacto, conocido con el nombre en clave «Falcon», resultó ser Richard Doty, un oficial de inteligencia aérea que también trabajaba para la CIA y el DIA. En sus propias palabras, grabadas para la posteridad, Moore admite que «no hubo ningún accidente OVNI en Aztec, ni tampoco había mucha verdad en ninguno de los otros materiales proporcionados a este investigador», y añade que «la desinformación es un juego extraño y bizarro. 

Quienes lo juegan son completamente conscientes de que el éxito de una operación depende de entregar información a un objetivo de tal manera que la persona la acepte como verdad y la repita e incluso la defienda ante otros como si fuera cierta». 

Esta confesión, extraída del documental Mirage Men, constituye una prueba irrefutable de que el mito de Roswell fue, al menos en su fase de reactivación moderna, una operación dirigida de guerra psicológica. 

El mismo Richard Doty, años después, admitiría en una entrevista que había sido entrenado por la Agencia Central de Inteligencia y la Agencia de Inteligencia de Defensa, y que durante su carrera realizaba operaciones de contra inteligencia contra personas que estaban cerca de descubrir la verdad sobre programas clasificados.

En 1993, los Rockefeller organizaron un simposio en su rancho de Wyoming (ver foto de abajo) donde participaron figuras clave del movimiento de «revelación OVNI», como Steven Greer, quien promovió la narrativa de alienígenas benevolentes que nos salvarían de la guerra nuclear, y Linda Moulton Howe y Robert Bigelow, quien financió investigaciones paranormales en Skinwalker Ranch, fusionando ovnis, demonología y espiritualismo en una mezcla postmoderna.
David Icke es, sin duda, uno de los personajes más pintorescos —y para muchos, más controvertidos— del conspiracionismo moderno. Exfutbolista y presentador deportivo de la BBC, su carrera dio un giro radical en 1991 cuando, tras visitar a una médium, anunció en televisión que era el «Hijo de Dios» y predijo el fin del mundo para 1997. 
Al no cumplirse sus profecías, lejos de desaparecer, construyó un imperio editorial basado en una de las teorías más bizarras y famosas del planeta: los reptilianos cambiaformas, una narrativa reminiscente de la serie de televisión de los 1980’s «V» (también conocida como «V: The Series»), que trataba sobre una invasión reptiliana perpetrada por unos alienígenas reptiles cambiaformas llamados «Los Visitantes», quienes llegaban a la Tierra aparentemente en son de paz, pero en realidad planeaban conquistar el planeta, robar sus recursos y utilizar a los humanos como fuente de alimento.

Icke sostiene que estos seres se alimentan de nuestra energía negativa y del miedo, y para ello manipulan los eventos globales a través de una élite híbrido-humano reptil. 

Acusa directamente a diversas figuras del establishment de ser ejemplos de estos reptiles cambiaformas. Sin embargo, lo más paradójico de todo es su propia forma de lucrar con sus teorías. 

A pesar de ser ridiculizado recurrentemente por los medios —o quizás gracias a ello—, ha logrado llenar teatros y vender miles de entradas para sus maratónicas conferencias de 12 horas. Icke ha construido una próspera carrera basada en señalar a otros, cobrando hasta 140 dólares por asistente y presentándose en lugares emblemáticos como el histórico Astor Theater de Melbourne o la O2 Academy Brixton, una de las salas de conciertos más grandes de Londres, con capacidad para 4291 personas. 

Es realmente difícil creer que a un crítico del establishment le hubieran prestado semejantes escenarios, a menos que, claro, estuviera trabajando como agente de contrainteligencia para el otro bando.

No podemos dejar de mencionar el caso de Jaime Maussan, el ufólógo mexicano que en 2023 presentó ante el Congreso de México unas supuestas momias alienígenas de Perú, demostradas posteriormente como cuerpos de niños manipulados por saqueadores de tumbas y fusionados con partes de animales. Maussan, que ha sido sorprendido en al menos veinte fraudes publicitados desde la década de 1990, trabajó para Televisa (la más grande fábrica de mitos en México), el National Enquirer y ha sido promovido consistentemente por canales como Gaia, donde también aparece Graham Hancock. 

El propio Maussan se inspiró explícitamente en la película Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (2008), que narra exactamente la misma historia de alienígenas peruanos descubiertos por un arqueólogo aventurero. 

La guerra psicológica se alimenta de este flujo constante entre ficción y realidad, de modo que cuando el fraude es finalmente expuesto, el daño ya está hecho: la imagen del alienígena peruano de tres dedos ya circula por millones de teléfonos móviles y ha sembrado la duda en incontables mentes.

En su serie, Ehret también explora la famosa «autopsia alienígena» de 1995, un falso documental transmitido por cadenas de todo el mundo que mostraba la disección de un supuesto extraterrestre recuperado en Roswell. 

El director de esta pieza, Spyro Melaris, confesó en 2019 que se trataba del «mayor truco de magia jamás realizado en un escenario global». 

Melaris, un mago profesional que trabajaba para la BBC, utilizó vísceras de animales compradas en una carnicería local, modelos de silicona y teléfonos de la década de 1940 para lograr un efecto de autenticidad imposible de distinguir a simple vista. 

Su confesión, sin embargo, no ha logrado erradicar la creencia en la autenticidad del metraje, porque la guerra psicológica opera precisamente en ese registro: aunque la razón acepte la evidencia del engaño, la emoción asociada al misterio, la sensación de haber estado cerca de un secreto cósmico, persiste y se niega a desaparecer. Esa persistencia emocional es el verdadero objetivo de la desinformación a largo plazo.

Para coronar su análisis, Ehret identifica una red de agentes de inteligencia que operaban bajo nombres en clave de aves, conocida como «El Aviario» y activa durante la década de 1980. 

Entre ellos figuran «Penguin» (coronel John Alexander, veterano de la Operación Fénix en Vietnam, líder en armas no letales en Los Álamos y estrecho colaborador del satanista Michael Aquino); «Owl» (Hal Puthoff, físico del Instituto de Investigación Avanzada de Austin, alto miembro de la Cienciología y gestor del Proyecto Stargate de la CIA); «Chickadee» (C.B. Scott Jones, oficial de inteligencia naval, asesor de Dick Cheney y presidente de la Fundación Potencial Humano financiada por Laurance Spelman Rockefeller); «Seagull» (Bruce Maccabee, científico de armas láser que presidió el Fondo para la Investigación OVNI); «Parrot» (Jacques Vallée, astrofísico francés, creador de la hipótesis de los aliens interdimensionales y amigo personal de Anton LaVey, Kenneth Anger y miembros de la familia Manson); y «Buzzard» (Gordon Novel, agente de dos empresas fachada de la CIA que se infiltró en la investigación de Jim Garrison sobre el asesinato de John F. Kennedy para sabotearla). 

Todos ellos, miembros de logias masónicas, órdenes de caballería como la de Malta o sectas gnósticas, trabajaron al unísono para construir y mantener el mito de Roswell como pantalla detrás de la cual se ocultaban operaciones mucho más siniestras: el tráfico de drogas, el control mental a través de MK Ultra, el asesinato de líderes nacionalistas y la progresiva erosión de la soberanía nacional en favor de un gobierno mundial de carácter totalitario. 

La guerra psicológica, lejos de ser una reliquia, sigue activa y operando bajo nuestras narices, utilizando a figuras carismáticas, documentales aparentemente rigurosos y congresos internacionales para mantener viva una narrativa que beneficia a intereses que nada tienen que ver con la curiosidad científica o el afán de verdad.

La pregunta que surge al final de este recorrido es inevitable: ¿por qué ahora, en pleno colapso del orden unipolar globalista, se insiste con tanta fuerza en la «divulgación» OVNI? 

¿Por qué figuras como David Grusch, Luis Elizondo y tantos otros aparecen en los medios de masas asegurando que el gobierno estadounidense oculta restos de naves extraterrestres y acuerdos secretos con seres de otros mundos? 

La respuesta, según Ehret, es que la guerra psicológica se intensifica en los momentos de transición sistémica. 

Cuando el viejo orden se desmorona y la ciudadanía comienza a cuestionar las narrativas oficiales sobre economía, política y salud, se hace necesario ofrecer una distracción de proporciones cósmicas. 

El ovni, el alienígena, el gobierno mundial que nos protegerá de la amenaza exterior, son todas piezas de un mismo rompecabezas diseñado para desviar la atención de los problemas reales: el empobrecimiento de las clases medias, la concentración de la riqueza en manos de unas pocas familias, la degradación deliberada del sistema educativo, la despoblación programada, el control de los medios de comunicación y la supresión de cualquier forma de soberanía popular. 

La guerra psicológica no ha cesado ni cesará mientras haya intereses poderosos que prefieran manipular mentes antes que convencer ciudadanos libres.

En conclusión, el mito de Roswell, lejos de ser un misterio sin resolver, constituye una de las operaciones de guerra psicológica más exitosas de la historia contemporánea. 

Durante más de setenta años, ha servido para enganchar la imaginación de millones de personas, desviar sus energías hacia una búsqueda estéril de pruebas imposibles y, sobre todo, para hacerles creer que el verdadero peligro proviene de las estrellas, cuando en realidad siempre ha estado mucho más cerca: en las oficinas de la CIA, en las reuniones de la Comisión Trilateral, en los consejos de administración de los grandes monopolios mediáticos y en los rituales ocultistas de unas élites que han renunciado a cualquier principio moral en su afán de dominación. 

Como advierte Ehret, «la información que puede ayudar a aquellos que realmente se preocupan por la verdad a navegar esta nueva aceleración de la desinformación» es más necesaria que nunca. 

No se trata de caer en el escepticismo paralizante, sino de desarrollar una hermenéutica de la sospecha que nos permita distinguir entre el fenómeno genuino —que sin duda existe— y la fabricación sistemática. 

La guerra psicológica continuará, pero al menos ahora contamos con mejores mapas para orientarnos en sus laberintos. La verdad, aunque incómoda, sigue siendo la única brújula fiable.

Fuentes consultadas

1. Matthew Ehret, “Breaking Free of Psyops Ep. 7: The Hoax of Roswell Unveiled”, Badlands Media y Canadian Patriot Press, 26 de mayo de 2026. Ver también: Breaking Free of Psyops Ep. 6: UFO Disclosure and the Gateway to a Spiritual Reset, 25 de mayo de 2026.

2. Pilkington, Mark, Mirage Men: An Adventure into Disinformation, Paranoia and the Weird World of UFOs, 2010. Existe una adaptación cinematográfica del mismo título disponible en YouTube.

3. Todd, Robert G., «The Marcel Frauds», Fortean Times, diciembre de 1995, donde se documentan las falsificaciones de Jesse Marcel.

4. Laurance Spelman Rockefeller (1910-2004). Carta sobre la Iniciativa de Divulgación OVNI (UFO Disclosure Initiative) / Propuesta de desclasificación del incidente de Roswell, 1994. Destinatario: Administración Clinton.

5. Melaris, Spyro, entrevista de 2019 reconociendo su autoría del falso documental «Alien Autopsy».

https://mentealternativa.com/el-mito-de-roswell-y-la-farsa-estelar-como-la-contrainteligencia-forjo-la-operacion-psicologica-ovni-para-orquestar-el-reinicio-espiritual-de-la-humanidad/

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