Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Un “Dios” que condena la hechicería, pero que receta conjuros mágicos


La Biblia tiene una relación bipolar con la magia. 

Por un lado, condena la hechicería, la adivinación y los conjuros como prácticas “abominables”. 

Y ahí la tenemos proclamando que no debe hallarse “quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos.

 Porque es abominación para con Jehová” (Deuteronomio 18:10-12). 

Aparece luego advirtiendo que quienes “practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21). 

Y para completar, narra con entusiasmo cómo muchos nuevos seguidores de Jesús “que habían practicado la magia, trajeron los libros y los quemaron delante de todos” (Hechos 19:19)

Pero no sólo eso, “Dios” llega a ordenar contundentemente: "A la hechicera no dejarás que viva" (Éxodo 22:18). No dice nada respecto a qué hacer con los hechiceros.

Pero por otra parte, el mismo “libro sagrado” incluye rituales mágicos dignos de un chamán tribal. 

En el Antiguo Testamento encontramos un procedimiento “divinamente inspirado” para descubrir si una mujer fue infiel.

 Pon atención: el marido que sospecha de su esposa la lleva ante el sacerdote, quien preparará una poción mágica echando polvo del suelo del tabernáculo en un vaso de barro con “agua santa”, para preparar una especie de coctel maldito. 

El sacerdote le hará un conjuro decretando que si la mujer que beba el brebaje le ha sido infiel a su marido, Jehová hará que su muslo se caiga y su vientre se hinche, y que “las aguas que dan maldición” entren en sus entrañas. Mientras tanto “la mujer dirá: Amén, amén” (Números 5:16-22).

Enseguida el sacerdote quemará una ofrenda en el altar, y “dará a beber a la mujer las aguas amargas que traen maldición”. 

Y si ella “fuere inmunda y hubiere sido infiel a su marido, las aguas que obran maldición entrarán en ella para amargar, y su vientre se hinchará y caerá su muslo; y la mujer será maldición en medio de su pueblo” (Números 5:23-27).

¿Agua con tierra? ¿Qué iban a saber los redactores de “la palabra de Dios” sobre la existencia de virus, bacterias y otros parásitos? —Hoy sabemos, gracias a la ciencia, que ingerir esa “pócima mágica” podría causar desde una infección estomacal violenta, hasta daños neurológicos o fallos orgánicos, debido a metales pesados o parásitos agresivos. 

Y que síntomas como fiebre, dolor abdominal fuerte o vómitos son comunes en estos casos, como respuestas inmediatas y muy comunes ante una infección por agua contaminada con tierra. 

El organismo intenta expulsar los patógenos rápidamente, lo que genera esa reacción violenta.

Y sabemos que, si estos síntomas no se tratan, los riesgos escalan de forma peligrosa, provocando deshidratación severa, que sin intervención puede llevar a un fallo renal o un choque hipovolémico

Pero además, puede provocarse una sepsis (infección generalizada), si bacterias pasan del intestino al torrente sanguíneo, y hasta producirse un daño crónico por parásitos, que pueden migrar a otros órganos y alojarse en el hígado, los pulmones o incluso en los ojos. 

Y obviamente, nada de eso tiene que ver con ninguna infidelidad.

Pero, ¿qué iban a saber los redactores de “la palabra de Dios”? 

Claramente la escena no parece salida de la mente de un creador del universo. Resulta chocante imaginar a un omnipotente arquitecto de galaxias, preocupado por preparar pócimas de polvo y agua sucia para investigar infidelidades matrimoniales.

Por supuesto, no faltará quien diga que “Eso es en el Antiguo Testamento”, justamente donde se establece lo del pecado original, y donde “Dios” entrega a Moisés los Diez Mandamientos. 

Porque claro, el dios bíblico podía cambiar sus normas de un testamento a otro. 

A fin de cuentas, eran normas para que las cumplieran los demás, no él.

Sin embargo, surgen también dudas anatómicas: ¿Cómo es posible que alguno de los muslos de una persona pueda caerse? —No encontramos ninguna explicación médica a esa extraña condición, por lo que algunos piensan que la palabra “muslo” es solamente un eufemismo que sustituye otra palabra que podría estar relacionada con algo sexual [1].

 Así, por ejemplo, «La palabra hebrea yarej, “muslo”, alude en otros lugares [de la Biblia] al órgano procreador masculino (como en Éxodo 1:5: “Y todas las almas de los que salieron del muslo de Jacob, fueron setenta”, según Reina-Valera 1909).» [2] 

Pero en el caso de la mujer infiel, no es una explicación que nos deje satisfechos. En otras palabras, el texto es tan ambiguo, que hasta los propios creyentes tienen que actuar como exégetas para tratar de interpretarlo.

Como sea, al final de todo ese maleficio, si la mujer era infiel, su marido quedará “libre de iniquidad” (Números 5:28-31), y por supuesto, podrá quitarle la vida a pedradas a la adúltera, según lo dispuesto por “Dios” para estos casos (Levítico 20:10), con toda la seguridad que da este infalible conjuro.

Pero lo más simpático no es el ritual en sí, sino la gigantesca contradicción teológica.

 La misma Biblia que condena la magia, presenta sacerdotes realizando hechizos. 

Condena los conjuros, mientras los prescribe. 

Rechaza la adivinación, mientras utiliza este procedimiento para determinar la culpabilidad. 

Es como si el libro dijera: “La brujería está prohibida… excepto cuando la practicamos nosotros”.

Y, por supuesto, el procedimiento tiene un detalle muy “conveniente”: sólo aplica a mujeres. 

No existe ningún método equivalente para descubrir la infidelidad masculina. No hay “agua amarga” para esposos mujeriegos. ¡Qué sorpresa! En una cultura patriarcal escrita por hombres, la magia divina parece enfocarse exclusivamente en vigilar la sexualidad femenina.

Pero la historia se vuelve todavía más irónica, cuando se piensa en José y María. Según el relato evangélico, María apareció embarazada antes de convivir con José (Mateo 1:18). Técnicamente, José podría haber recurrido al ritual de brujería descrito en Números, si no hubiera estado seguro de la infidelidad de su mujer.

Pero José sabía que ese hijo no era suyo; pero como era un hombre bueno, a su mujer no quiso “infamarla” ni “dejarla secretamente” (Mateo 1:19). 

Y tampoco quiso ejecutarla a pedradas según lo establecido para estos casos en la ley de “Dios” (Levítico 20:10, Deuteronomio 22:22). 

No faltará quien piense que fue un grave error, por el rumbo que tomó después la humanidad. 

Esa decisión habría garantizado la existencia del cristianismo.

En definitiva, estos pasajes muestran algo profundamente humano: la Biblia no cayó del cielo escrita por una inteligencia suprema. 

Simplemente refleja las supersticiones, los miedos, la mentalidad tribal y las creencias mágicas de pueblos antiguos que atribuían poderes sobrenaturales a rituales absurdos. 

Lo realmente interesante no es que existan textos así en la antigüedad; eso es completamente normal. 

Lo sorprendente es que todavía haya personas en pleno siglo XXI, tratando de presentar estas escenas como ejemplos de sabiduría divina y moral perfecta. 

Y peor aún, insistiendo continuamente en introducir la Biblia en las escuelas, como máximo modelo de moralidad y sabiduría.

Lo interesante es que al final, detrás de toda la solemnidad religiosa, el “milagroso método bíblico” para detectar una infidelidad, no deja de parecer una mezcla pintoresca de superstición, misoginia y brujería ceremonial… exactamente las mismas cosas que la Biblia afirma condenar.

[Godless Freeman]

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