En “Meet the Press”, la periodista Kristen Welker preguntó a Miguel Díaz-Canel: “¿Estaría dispuesto a renunciar si eso significara salvar a Cuba?”.
Él, sin perder la compostura, replicó cuestionando si le había hecho lo mismo a otros presidentes, o si aquella pregunta provenía del Departamento de Estado. Luego sostuvo con firmeza:
“En Cuba las personas que están al frente no las elige el gobierno de los Estados Unidos... nosotros somos un Estado soberano, tenemos autodeterminación, independencia, y no nos sometemos”.
Medios nacionales e internacionales dimensionaron la respuesta firme.
Díaz-Canel reafirmó que “renunciar no forma parte de nuestro vocabulario” y recordó que fue elegido por el pueblo cubano, no por presiones de Washington.
En su rechazo a la “política hostil” de Estados Unidos, acusó directamente al gobierno norteamericano de no tener la moral para exigir nada a Cuba.
Ahora bien, ¿qué hubiera sucedido si aquella misma pregunta, formulada con un rostro circunspecto y sin emociones, se hubiese hecho a Donald Trump?
En 2026, su trato hacia la prensa se ha vuelto brutalmente agresivo, un reflejo de la degradación ética que amenaza las bases mismas de la democracia estadounidense.
En enero, expulsó a periodistas de una reunión de gabinete con un gesto autoritario; en febrero, denigró a Kaitlan Collins (CNN) como “la peor reportera” por una pregunta sobre Epstein; en marzo, amenazó a medios críticos con acusaciones de “traición” por su cobertura de la guerra con Irán, presionando a las autoridades para revocar licencias informativas; y más tarde, en el propio Air Force One, despotricó contra una periodista por notas “no patrióticas”, cuestionando absurdamente el amor al país de toda la prensa.
Su ética, corroída por el ego y la intolerancia, ha convertido el discurso político en un espectáculo de intimidación y falso patriotismo.
Díaz-Canel, en cambio, mantuvo la ecuanimidad.
Por un instante, su gesto pudo reflejar incertidumbre ante una pregunta sin precedentes, pero jamás fue irrespetuoso ni perdió la postura, pese a la manipulación mediática de quienes citan fragmentos con sesgo o malicia.
A todas luces, aquella pregunta capciosa fue diseñada bajo presiones —directas o indirectas— del Departamento de Estado y del propio Trump.
Más que una entrevista, proyectó una operación de inteligencia y propaganda, un intento de hostigamiento mediático desde la diplomacia de la arrogancia.
Por encima de todo, prevaleció la coherencia del presidente cubano: diálogo sin condiciones, respeto mutuo y defensa de la soberanía.
En su serenidad se expresó no solo el carácter político del líder, sino la dignidad de un pueblo que no negocia su independencia ni su memoria.
https://www.facebook.com/share/p/1JRNJDmM8r/
