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Venezuela: María Corina Machado: cuando el rosario se convierte en coartada del saqueo

La aristocracia caraqueña y el privilegio como destino

María Corina Machado Parisca nació el 7 de octubre de 1967 en Caracas, en el seno de una de las familias más privilegiadas de Venezuela. 

Su padre, Henrique Machado Zuloaga, fue un exitoso empresario del sector siderúrgico; su madre, Corina Parisca Pérez, psicóloga y ex tenista nacional. 

No estamos hablando de una líder surgida del pueblo, de las barriadas de Petare o de los cerros de Catia. 

Estamos hablando de alguien que creció en la burbuja dorada de Country Club, el barrio más exclusivo de Caracas, donde las mansiones tienen piscinas olímpicas y las familias veranean en Miami como quien va al supermercado.

María Corina estudió en la Academia Merici, uno de los colegios católicos más elitistas de Caracas, regentado por las Hermanas Ursulinas, exclusivamente femenino, donde la mensualidad cuesta más que el salario mínimo anual de un venezolano promedio.

 Tuvo incluso un internado en una escuela de Wellesley, Massachusetts, ese suburbio bostoniano donde viven profesores de Harvard y ejecutivos de empresas tecnológicas. 

Se graduó como ingeniera industrial en la Universidad Católica Andrés Bello en 1989, siendo la primera de su promoción, y posteriormente se especializó en Finanzas en el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA), la universidad de negocios frecuentada por hijos de empresarios.

Todo su trayecto educativo y vital transcurrió en espacios de privilegio absoluto, entre los hijos de la oligarquía venezolana que nunca ha tenido que preocuparse por el precio del transporte público, por si alcanza el salario para la comida del mes, por conseguir una cita médica en un hospital público colapsado. Esta no es una crítica clasista barata ni resentimiento social. 

Es un dato fundamental para entender que Machado nunca, jamás, ha vivido las consecuencias de las políticas económicas que propone con tanta ligereza. Cuando habla de "privatización", "libre mercado" y "atracción de capitales", lo hace desde quien nunca ha dependido de un servicio público para sobrevivir, desde quien tiene cuenta bancaria en dólares en Miami y puede tomar un avión cuando las cosas se ponen difíciles.

En 1992, a los 25 años, Machado cofundó Súmate, una organización civil que inicialmente se presentaba como promotora de participación ciudadana pero que rápidamente se transformó en una plataforma opositora al gobierno de Hugo Chávez. 

Súmate recibió financiamiento del National Endowment for Democracy (NED), una entidad creada por el Congreso estadounidense que funciona como brazo "civil" del Departamento de Estado. 

El propio fundador de la NED, Allen Weinstein, admitió en 1991 que "mucho de lo que hacemos hoy lo hacía la CIA hace 25 años". El gobierno venezolano acusó a Machado de conspiración y traición a la patria por recibir dinero extranjero para actividades políticas.

 Los tribunales venezolanos, controlados por el chavismo, archivaron el caso después de años de litigio, pero el daño estaba hecho: Machado quedó marcada como agente de Washington, y ella no hizo nada por desmentirlo.

 Al contrario, lo abrazó.

Su entrada formal a la política fue en 2010, cuando fue electa diputada a la Asamblea Nacional por el estado Miranda. 

Desde el primer día, su discurso fue incendiario, sin matices, sin espacio para el diálogo. Chávez era un dictador comunista, el chavismo era un cáncer, Venezuela necesitaba ser "liberada" a cualquier costo. En 2013, después de la muerte de Chávez y la elección de Nicolás Maduro por estrecho margen, Machado se negó a reconocer el resultado electoral.

 En 2014 protagonizó uno de los episodios más bochornosos de su carrera: viajó a la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington para pedir la intervención internacional contra el gobierno venezolano. Sus colegas diputados, incluso opositores moderados, quedaron horrorizados.

 La invitación la había hecho Panamá sin consultar al gobierno venezolano, violando todas las normas diplomáticas. Machado fue despojada de su investidura parlamentaria en marzo de 2014, acusada de traición.

 Ella se presentó como mártir de la libertad; sus críticos la vieron como lo que era: una oligarca pidiendo que un organismo internacional interviniera en su propio país porque no le gustaba quién había ganado las elecciones.

El proyecto político: neoliberalismo salvaje con escapulario al cuello

La entrega del petróleo: "olvídense de Arabia Saudí"

El aspecto más escandaloso, más moralmente repugnante, más absolutamente inaceptable del proyecto de María Corina Machado es su descarada, explícita, obscena promesa de entregar los recursos naturales de Venezuela —que pertenecen constitucionalmente al pueblo venezolano— al capital extranjero, particularmente estadounidense, como si fueran suyos para rematar en una subasta.

En una entrevista transmitida por redes sociales con Donald Trump Jr., hijo del presidente estadounidense, María Corina Machado afirmó textualmente: "Vamos a privatizar toda nuestra industria. Olvídense de Arabia Saudí, tenemos más petróleo. 

Vamos a abrir muchos mercados". No es una exageración periodística, no es una cita sacada de contexto, no es una interpretación malintencionada. 

Es literal. Machado está ofreciendo el petróleo venezolano —el recurso estratégico que sostiene la economía del país, que genera el 95% de las divisas, que pertenece constitucionalmente a todos los venezolanos— como si fuera una propiedad familiar que puede vender al mejor postor.

Su plan de gobierno, pompósamente titulado "Venezuela Tierra de Gracia", es brutalmente explícito en sus intenciones. Propone la privatización total de PDVSA (Petróleos de Venezuela), la empresa petrolera estatal fundada en 1976 cuando el presidente Carlos Andrés Pérez nacionalizó el petróleo venezolano. 

Esta privatización implicaría el despido masivo de más de 100,000 trabajadores directos de la industria petrolera y petroquímica, más otros 500,000 empleos indirectos en servicios, logística, mantenimiento. 

Estamos hablando de seiscientas mil familias venezolanas arrojadas a la calle de un plumazo. Y todo para qué. Para entregar los campos petroleros a ExxonMobil, Chevron, British Petroleum, Total, las mismas corporaciones que explotaron el petróleo venezolano durante décadas antes de la nacionalización, pagando miserias en regalías mientras se enriquecían obscenamente.

Pero hay más, mucho más. En junio de 2025, María Corina Machado viajó a Nueva York para presentar ante el Council of the Americas —un consorcio creado por David Rockefeller en 1965, históricamente asociado al Departamento de Estado y a la CIA— su plan titulado "La oportunidad del billón de dólares". 

Allí, ante una audiencia de banqueros de Wall Street, ejecutivos petroleros, fondos de inversión y especuladores financieros, Machado ofreció un proyecto de 15 años para movilizar 1.7 billones de dólares en inversiones extranjeras, centradas en energía, minería, tierras agrícolas y agua dulce.

Lean eso otra vez, despacio: agua dulce. María Corina Machado está dispuesta a privatizar, a vender, a entregar hasta el agua de su propio país.

 El agua que cae del Salto Ángel, la cascada más alta del mundo. El agua de los ríos Orinoco, Caroní, Apure. 

El agua que beben los venezolanos, que riega sus cultivos, que genera electricidad en la represa de Guri. Todo está en venta en el proyecto de Machado
.
El plan incluye además la apertura de concesiones sobre hierro, oro, bauxita, coltán y otros minerales estratégicos en el Arco Minero del Orinoco, una región de 111,843 kilómetros cuadrados —más grande que Cuba— que contiene algunas de las mayores reservas de oro y minerales del mundo.

 Y por si fuera poco, Machado promete poner en venta hasta 30 millones de hectáreas calificadas como "tierras fértiles no desarrolladas", un eufemismo para referirse a territorios ancestrales indígenas, reservas naturales y zonas agrícolas que serían entregadas a agronegocios transnacionales.

Esto no es un plan de reconstrucción nacional. No es un proyecto de desarrollo sostenible. No es una estrategia para que Venezuela salga de la crisis beneficiando a su pueblo.

 Esto es saqueo programado, es neocolonialismo explícito, es la entrega total del patrimonio de una nación a corporaciones extranjeras que no tienen ningún compromiso con el bienestar de los venezolanos. 

Es convertir a Venezuela en una colonia extractivista, en un territorio de explotación donde empresas estadounidenses, europeas y chinas se llevan los recursos mientras dejan migajas, contaminación y devastación ambiental.

La contradicción brutal con la Doctrina Social de la Iglesia

Aquí es donde la supuesta fe católica de María Corina Machado se revela como pura fachada, como teatro, como instrumentalización descarada de símbolos sagrados para fines profanos. 

Porque la Doctrina Social de la Iglesia Católica tiene posiciones clarísimas, inequívocas, absolutamente explícitas sobre la propiedad de los recursos naturales y el uso de los bienes de la tierra.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado en 2004 por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, dedica los números 171 al 181 al principio del destino universal de los bienes. 

Este principio, central en la enseñanza social católica desde los Padres de la Iglesia, establece que los bienes de la tierra fueron creados por Dios para todos los seres humanos, no para ser acaparados por unos pocos. 

La propiedad privada es legítima, sí, pero está subordinada a este principio fundamental: los bienes están destinados a satisfacer las necesidades de todos. Cualquier sistema económico que concentre la riqueza en pocas manos mientras las mayorías sufren carencias es intrínsecamente injusto y contradice el plan de Dios para la humanidad.

El Papa Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis de 1987, reconoció que "en Occidente existe, en efecto, un sistema inspirado históricamente en el capitalismo liberal" y afirmó que "se puede hablar hoy día, como en tiempos de la Rerum novarum, de una explotación inhumana".

 Añadió que "a pesar de los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido". En otras palabras: el capitalismo liberal, el sistema económico que Machado propone implementar en Venezuela de la forma más brutal y desregulada posible, es un sistema que la Iglesia reconoce como intrínsecamente explotador.

La misma encíclica enseña que "la propiedad de los medios de producción, tanto en el campo industrial como agrícola, es justa y legítima cuando se emplea para un trabajo útil; pero resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su compresión, de la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral".

Lean eso pensando en el plan de Machado: privatizar PDVSA para entregársela a corporaciones que despedirán a cientos de miles de trabajadores, que extraerán el petróleo pagando miserias en regalías, que especularán con el precio del crudo en los mercados internacionales, que romperán toda solidaridad con el pueblo venezolano porque su único compromiso es con sus accionistas en Nueva York, Londres y Houston. Es exactamente el tipo de propiedad que la Doctrina Social de la Iglesia califica como ilegítima.

Juan Pablo II, en su encíclica Laborem Exercens de 1981, identificó claramente que "la raíz perversa del capitalismo es esta ideología del liberalismo economicista, el actual neoliberalismo". 

Y en la Centesimus Annus de 1991, aunque reconocía el fracaso del comunismo soviético, el Papa polaco fue tajante: no acepta tampoco al capitalismo como vencedor o alternativa. 

El capitalismo salvaje, desregulado, que pone las ganancias por encima de las personas, que margina a los pobres, que concentra la riqueza en pocas manos, es inhumano. De ahí que lo moral, lo evangélico, lo cristiano sea luchar contra ese sistema.

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate de 2009, advirtió contra "la ideología tecnocrática del mercado" y defendió el papel del Estado en regular la economía para proteger el bien común. El Papa Francisco ha sido aún más contundente. 

En Evangelii Gaudium de 2013 escribió: "Esta economía mata", refiriéndose al capitalismo neoliberal que excluye a los pobres. 

En Laudato Si' de 2015 denunció la "cultura del descarte" que trata a los seres humanos y a la naturaleza como mercancías desechables. 

En Fratelli Tutti de 2020 condenó explícitamente "el dogma de fe neoliberal" que pretende que el mercado libre resolverá todos los problemas sociales.

María Corina Machado se presenta como católica devota, tiene su foto con el Papa, lleva el rosario al cuello, habla de la Virgen de Coromoto. 

Pero su proyecto económico concreto —privatización masiva, desregulación total, entrega de recursos a corporaciones extranjeras, despidos masivos, subordinación de la economía venezolana a intereses foráneos— contradice frontal, absoluta, brutalmente la Doctrina Social de la Iglesia Católica. 

No es compatible. No se puede ser fiel al Magisterio Social de la Iglesia y al mismo tiempo proponer convertir a Venezuela en una colonia extractivista de ExxonMobil. Son proyectos mutuamente excluyentes.

El entreguismo a Washington: traición vestida de patriotismo

Si el proyecto económico de Machado es moralmente repugnante desde una perspectiva católica, su subordinación absoluta, humillante, vergonzosa a Estados Unidos constituye una traición a la dignidad nacional y a la soberanía del pueblo venezolano.

En 2005, cuando apenas comenzaba su carrera política, María Corina Machado fue recibida en la Casa Blanca por el presidente George W. Bush. Esa foto, que ella exhibe con orgullo, marca el inicio de una relación de décadas con el establishment político estadounidense. 

Su organización Súmate recibió financiamiento directo del National Endowment for Democracy, entidad vinculada orgánicamente al Departamento de Estado y a la estrategia de "cambio de régimen" que Washington implementa en países que no se subordinan a sus intereses.

Pero lo verdaderamente escandaloso, lo absolutamente imperdonable, es su relación actual con la administración Trump. En enero de 2026, apenas días después de que tropas estadounidenses capturaran al presidente Nicolás Maduro en una operación militar en Caracas —violando todo principio de derecho internacional, de soberanía nacional, de no intervención—, María Corina Machado se reunió en Washington con el secretario de Estado Marco Rubio para coordinar la "transición democrática". 

Una transición impuesta por marines estadounidenses, legitimada por una oposición venezolana que aplaudió la invasión.

Y Machado ha ido más allá. Ha afirmado públicamente que quiere regalarle su Premio Nobel de la Paz a Donald Trump. Lean eso de nuevo: quiere regalarle el Nobel de la Paz a Donald Trump. 

Al mismo Trump que separó familias migrantes en la frontera, encerrando a niños en jaulas. Al mismo Trump que llamó a los latinoamericanos "violadores" y "animales". 

Al mismo Trump que bombardeó patrulleras venezolanas en aguas internacionales. Al mismo Trump que amenazó con "todas las opciones están sobre la mesa", un eufemismo diplomático para decir "invasión militar". 

Ese es el hombre a quien María Corina Machado quiere honrar con el premio que supuestamente reconoce su lucha por la paz.

Machado ha ofrecido abiertamente convertir a Venezuela en un proveedor capaz de asegurar la "seguridad energética de Estados Unidos". Noten el lenguaje: no "desarrollo energético para los venezolanos", no "uso soberano de nuestros recursos para beneficio del pueblo", sino "seguridad energética de Estados Unidos"

Su discurso no es "reconstruyamos Venezuela para los venezolanos", sino "hagamos que Estados Unidos gane mucho dinero en Venezuela mientras nosotros les damos facilidades".

Esto contradice brutalmente la Doctrina Social de la Iglesia sobre soberanía nacional. El Compendio, en sus números 434 y 435, defiende explícitamente el derecho de los pueblos a la autodeterminación y condena las intervenciones militares que violan la soberanía de los Estados. 

La Iglesia reconoce que puede haber situaciones extremas —genocidios, crímenes masivos contra la humanidad— donde la comunidad internacional, actuando a través de organismos multilaterales como la ONU, puede intervenir para proteger poblaciones. 

Pero Venezuela, con todos sus problemas gravísimos, no está en esa categoría. 

Y menos aún justifica una intervención militar unilateral de Estados Unidos para imponer un gobierno títere.

La subordinación de Machado a Washington no es cooperación internacional, no es alianza estratégica, no es realismo político. 

Es sometimiento colonial, es entreguismo, es la lógica de las "repúblicas bananeras" donde una élite local se asocia con potencias extranjeras para explotar a su propio pueblo a cambio de migajas y protección personal.

La instrumentalización de la fe: rosarios y privatizaciones

El teatro religioso perfectamente coreografiado

María Corina Machado sabe exactamente qué botones presionar en el imaginario católico venezolano. Es conocida su devoción pública por la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela. 

El 8 de septiembre de 2024, día de la fiesta de la Virgen, Machado llamó en sus redes sociales a la oración colectiva "por la libertad de Venezuela", convirtiendo una celebración religiosa en un acto político. 

En sus apariciones públicas siempre lleva el rosario visible, siempre hay referencias a "ir de la mano de Dios", siempre hay un cura o una monja estratégicamente ubicados para darle la bendición ante las cámaras.

En 2024, durante la campaña electoral en Mérida, una monja se acercó dramáticamente a entregarle un escapulario de la Virgen del Carmen diciéndole: "No tengas miedo, porque la sangre de Cristo te protege". La escena, capturada por fotógrafos y camarógrafos, dio la vuelta al mundo. 

Medios cristianos la reprodujeron como evidencia de que Machado tenía el respaldo celestial.

 No importaba que esa monja no representara a su congregación ni a la Iglesia venezolana. No importaba que fuera un gesto individual sin respaldo institucional.

 La imagen era perfecta: la líder política recibiendo la bendición de una religiosa, el símbolo de que Dios estaba de su lado.

En sus mensajes políticos, Machado repite constantemente frases como "Vamos de la mano de Dios hasta el final". Sus apariciones públicas están cuidadosamente coreografiadas con símbolos religiosos: el rosario al cuello, las referencias constantes a la Virgen, las citas bíblicas insertas en sus discursos, el lenguaje del martirio y el sacrificio. 

Todo está diseñado para enviar un mensaje subliminal: María Corina Machado es la enviada de Dios para salvar Venezuela, su lucha es una cruzada espiritual, apoyarla es un deber religioso.

Pero cuando se examina su propuesta política concreta, cuando se revisan los documentos que presenta ante banqueros en Nueva York o ante ejecutivos petroleros en Houston, no hay nada —absolutamente nada— de Evangelio.

 No hay opción preferencial por los pobres, no hay defensa de los trabajadores, no hay solidaridad con los excluidos, no hay compromiso con la justicia social. 

Hay privatización masiva, hay despidos de cientos de miles de personas, hay entrega de recursos a corporaciones extranjeras, hay subordinación total a intereses imperiales.

 El rosario es puro teatro. La Virgen es un accesorio político. Dios es instrumentalizado como legitimador de un proyecto de saqueo.

Las contradicciones morales que la delatan

Aquí María Corina Machado enfrenta un problema que figuras como Eduardo Verástegui no tienen: sus propias declaraciones públicas la contradicen y revelan que su catolicismo es selectivo, instrumental, subordinado a cálculos políticos.

En 2023, durante la campaña por las primarias opositoras, Machado expresó públicamente su apoyo a la despenalización del aborto en casos de violación. 

Declaró estar abierta al reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo. Manifestó apoyo al uso medicinal de la marihuana.

 Preguntada sobre la eutanasia, afirmó estar a favor "si hay casos en los cuales la persona enferma realmente lo necesita". 

Y cuando fue presionada sobre si impondría sus creencias religiosas católicas a la sociedad venezolana, respondió tajantemente que no lo haría.

Ahora bien: estas posiciones no son necesariamente malas en sí mismas. De hecho, en muchos casos reflejan una madurez política que reconoce la pluralidad de una sociedad democrática. Pero lo que revelan es que el catolicismo de Machado es selectivo. 

Está dispuesta a ceder —o al menos a no imponer— en temas que tradicionalmente obsesionan a la derecha católica: aborto, matrimonio homosexual, eutanasia. Son los temas sobre los cuales la jerarquía eclesiástica ha sido más militante, los temas que movilizan a las bases conservadoras.

Pero es absolutamente inflexible, no negocia ni un milímetro, en su defensa del neoliberalismo económico más salvaje. 

Ahí no hay matices, no hay apertura al diálogo, no hay reconocimiento de la complejidad. Es dogma puro: privatización total, libre mercado sin regulación, subordinación a Washington, entrega de recursos a corporaciones. En eso no cede.

Es decir: María Corina Machado no es una "católica de línea dura" como Verástegui o como los tradicionalistas del movimiento provida. 

Es algo más complejo y, en cierto sentido, más peligroso: una neoliberal radical que usa el catolicismo como barniz de legitimidad, como herramienta de movilización de masas, como símbolo identitario, pero que en realidad su verdadera religión —la única en la que no transige, la única que profesa con celo fanático— es el libre mercado y la subordinación a Estados Unidos.

El intento ridículo de presentarla como demócrata cristiana

En diciembre de 2024, la revista argentina Perfil publicó un artículo titulado "La Revolución Católica de María Corina Machado", un ejercicio de propaganda disfrazado de análisis intelectual. 

El artículo argumentaba que "Machado es una católica practicante cuya fe moldea por igual sus puntos de vista políticos y económicos", describiéndola como "la heredera de una larga línea de demócratas cristianos en América Latina que incluye a figuras como Rafael Caldera de Venezuela y Eduardo Frei Montalva de Chile".

El artículo sostiene que en su "Manifiesto de la Libertad", Machado no cita a Jefferson ni a Madison, sino al padre fundador del pensamiento católico, Santo Tomás de Aquino, y que el primer valor central que menciona no es la libertad sino "Dignidad: Nuestro Principio Guía". 

El texto afirma que "el manifiesto de Machado utiliza precisamente la misma estrategia que convirtió a la Alemania Occidental post-nazi en una autodenominada economía social de mercado que conjugó el mercado con el corporativismo de raíces locales".

Esto es manipulación histórica de la peor especie, es revisionismo intelectual, es mentira descarada. La Democracia Cristiana latinoamericana —representada por figuras como Eduardo Frei en Chile, Rafael Caldera en Venezuela, el movimiento COPEI— defendía sí el mercado libre, sí la propiedad privada, sí la iniciativa empresarial. 

Pero también defendía un Estado social robusto, protección fuerte a los trabajadores, reforma agraria para redistribuir la tierra, nacionalización de recursos estratégicos cuando fuera necesario para el bien común, regulación estatal de la economía para evitar monopolios y abusos, construcción de un sistema de seguridad social universal.

La economía social de mercado alemana, a la que el artículo hace referencia, incluía poderosos sindicatos con representación en los consejos de administración de las empresas (el famoso modelo de "codeterminación"), seguridad social universal que cubría salud, desempleo, pensiones, regulación estatal fuerte para evitar concentración del poder económico, impuestos progresivos para redistribuir la riqueza. 

Nada, absolutamente nada de eso aparece en el proyecto de María Corina Machado.

Machado propone lo contrario: privatización total sin contrapesos, desregulación absoluta, despidos masivos de trabajadores sindicalizados, entrega de recursos estratégicos a corporaciones extranjeras, reducción del Estado a su mínima expresión, subordinación total de la economía venezolana a intereses foráneos. Eso no es economía social de mercado. Eso no es Democracia Cristiana. 

Eso es neoliberalismo salvaje, es el modelo de Pinochet en Chile, el modelo del FMI en los años 90, el modelo que destruyó las economías latinoamericanas y generó décadas de pobreza y desigualdad.

Invocar a Santo Tomás de Aquino para justificar la privatización de PDVSA y la entrega del petróleo venezolano a ExxonMobil es una blasfemia intelectual. 

Es usar el nombre de un santo de la Iglesia para legitimar exactamente lo que la Iglesia ha condenado. Santo Tomás defendió el destino universal de los bienes, la función social de la propiedad, el derecho de los pobres a tomar lo necesario para sobrevivir si la propiedad privada se lo niega. Nada de eso tiene que ver con María Corina Machado.

La reunión con el Papa: cuando la bendición pastoral no es endorsement político

El 12 de enero de 2026, el Papa León XIV recibió en audiencia privada a María Corina Machado en el Vaticano. Los medios conservadores, tanto católicos como seculares, presentaron esto como una legitimación papal de su proyecto político. Portales venezolanos de oposición titularon: "El Papa respalda a María Corina Machado". Medios evangélicos escribieron: "El Vaticano bendice la lucha de Machado por la libertad". Nada de esto es verdad. Nada.

Qué significan realmente las audiencias papales

El Papa recibe a cientos de personas cada año: jefes de Estado, líderes religiosos, activistas de derechos humanos, deportistas, artistas, científicos, empresarios, disidentes políticos. 

Una audiencia papal no es, nunca ha sido, nunca será un endorsement político. Es un gesto pastoral, es una muestra de cercanía de la Iglesia a situaciones de sufrimiento, es un intento de abrir canales de diálogo, es cumplir el mandato evangélico de escuchar al que sufre. 

El Papa recibe a personas con las que no está de acuerdo políticamente todo el tiempo. Recibe a líderes de países con políticas contrarias a la enseñanza católica. Recibe a activistas cuyas propuestas contradicen la doctrina social. Recibirlos no significa aprobar todo lo que hacen o proponen.

Según el comando de campaña de Machado, ella le pidió al Papa "interceder por todos los venezolanos que permanecen secuestrados y desaparecidos" y "por el avance sin demora de la transición a la democracia en Venezuela". 

También se reunió con Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede y ex nuncio apostólico en Venezuela, quien conoce profundamente la realidad del país.

Pero el Vaticano no emitió ningún comunicado oficial sobre el contenido de la reunión más allá de confirmar que tuvo lugar. No hubo declaración de apoyo. 

No hubo bendición explícita del proyecto político de Machado. No hubo comunicado conjunto. No hubo fotografías oficiales del Papa entregándole algún regalo simbólico como hace cuando quiere marcar un apoyo especial. 

No hubo nada que pudiera interpretarse razonablemente como respaldo vaticano a la privatización del petróleo venezolano, al despido masivo de trabajadores de PDVSA, o a la subordinación de Venezuela a Estados Unidos.

Un vaticanista italiano, Piero Schiavazzi, comentó en la prensa que "esta vez, en comparación con 2019, la posición de la Santa Sede es mucho más atlantista.

 Hay mucha claridad por parte del Vaticano a favor y en apoyo de Machado, como no la había a favor y en apoyo de Guaidó, porque el Papa ha cambiado". 

Pero incluso este análisis —claramente favorable a Machado— reconoce que "el Papa no cree en una paz impuesta desde arriba, cree en una paz justa y duradera que nace desde abajo y que no puede prescindir de la democracia".

Paz justa. Paz duradera. Paz que nace desde abajo. Paz que no puede prescindir de la democracia. Nada de eso describe el proyecto de Machado, que propone privatizaciones impuestas desde arriba, despidos masivos decididos por tecnócratas, entrega de recursos sin consultar al pueblo, subordinación a un imperio extranjero.

Las palabras reales del Papa sobre Venezuela

El Papa León XIV, en su audiencia del 9 de enero de 2026 con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, se refirió expresamente a Venezuela. Sus palabras fueron cuidadosamente elegidas, como siempre lo son los discursos papales. 

Exhortó a "construir una sociedad fundada en la justicia, la verdad, la libertad y la fraternidad, y así salir de la grave crisis que aflige al país desde hace muchos años". Pidió "que se respete la voluntad del pueblo venezolano" y "se trabaje por la protección de los derechos humanos y civiles de todos y por la construcción de un futuro de estabilidad y concordia".


Noten lo que el Papa no dijo: no mencionó la privatización como camino de solución. No bendijo el neoliberalismo. No pidió la subordinación de Venezuela a Estados Unidos. No condenó exclusivamente al régimen chavista sin mencionar las responsabilidades de la oposición. 

Habló de justicia, verdad, libertad, fraternidad —los cuatro conceptos del Evangelio y la Doctrina Social— y del respeto a la voluntad popular. Pidió que prevalezca "el bien del amado pueblo venezolano" y que se supere la violencia para "emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país".

La palabra clave es soberanía. El Papa pidió garantizar la soberanía de Venezuela. Exactamente lo que María Corina Machado está dispuesta a entregar a cambio del apoyo de Washington y las corporaciones petroleras.

El contexto: la captura de Maduro y el cambio de pontificado

La reunión entre el Papa León XIV y María Corina Machado ocurrió apenas nueve días después de que tropas estadounidenses capturaran a Nicolás Maduro en una operación militar en Caracas el 3 de enero de 2026. Esto cambió radicalmente el escenario venezolano.

 Maduro fue trasladado a Estados Unidos, procesado por narcotráfico y otros cargos, y Venezuela quedó en un limbo político con Delcy Rodríguez —vicepresidenta chavista— asumiendo como presidenta interina mientras Washington negociaba la transición.

Es cierto que el Papa León XIV, elegido pontífice en mayo de 2025 tras el fallecimiento del Papa Francisco, nunca recibió a Maduro ni a representantes del régimen chavista. 

Esto marca una diferencia con el pontificado anterior, donde Francisco intentó mantener una postura más neutral, ofreciéndose como mediador entre gobierno y oposición, recibiendo a representantes de ambos bandos. León XIV claramente se ha distanciado del chavismo.

Pero distanciarse del chavismo no equivale a respaldar acríticamente a María Corina Machado. El Vaticano tiene una larga tradición de distinguir entre la defensa legítima de la democracia y los derechos humanos por un lado, y el respaldo a proyectos económicos específicos por otro. 

La Iglesia puede condenar un régimen autoritario sin por ello bendecir un programa de privatización masiva que contradice su doctrina social.

Además, es revelador que el propio Donald Trump, en declaraciones posteriores a la captura de Maduro, dijera que María Corina Machado "no goza de apoyo ni de respeto en su país", y que su administración negociaba la transición directamente con Delcy Rodríguez y otros representantes chavistas dispuestos a "moderar" el régimen. 

Es decir: ni siquiera Estados Unidos —su principal patrocinador internacional— considera a Machado como la figura central e indispensable de la transición venezolana.

 La ve como una pieza útil en el tablero geopolítico, pero prescindible si otros actores más pragmáticos pueden garantizar mejor los intereses estadounidenses.

El apoyo cristiano: evangélicos, católicos conservadores y la confusión deliberada

Los sectores que la respaldan y por qué lo hacen

No se puede negar que María Corina Machado ha recibido apoyo entusiasta de importantes sectores cristianos, tanto católicos como evangélicos, en Venezuela y en otros países latinoamericanos.

Medios evangélicos como Diario Cristiano Internacional han publicado artículos apologéticos, celebrando que Machado "reconoce la soberanía del Señor sobre el destino de la nación" y que su mensaje culmina con la declaración "Vamos de la mano de Dios, hasta el final". Pastores evangélicos venezolanos la han recibido en sus megaiglesias, han organizado vigilias de oración por su triunfo, la han presentado como una nueva Débora o Ester, las heroínas bíblicas que salvaron a su pueblo.

Católicos conservadores también la ven como una heroína. InfoVaticana, un portal tradicionalista español, publicó un artículo titulado "María Corina Machado: una Nobel de la Paz para Venezuela y el desafío moral de nuestro tiempo", donde argumenta que "para la Iglesia Católica, esta noticia plantea una pregunta directa y urgente: ¿Cuál es la posición ética que debemos asumir ante la lucha de María Corina Machado?". 

El artículo presenta su lucha como una cruzada moral contra el "comunismo ateo" del chavismo.

En redes sociales católicas circulan constantemente imágenes de Machado con el rosario, con monjas, visitando santuarios marianos. 

Se le presenta como una mártir contemporánea, perseguida por su fe, resistiendo heroicamente a un régimen que odia a Dios. 

La narrativa es simple, maniquea, efectiva: Maduro es Satanás, Machado es la elegida de Dios para derrotarlo.

Pero esta narrativa se basa en una simplificación brutal de la realidad venezolana y en una ignorancia deliberada —o en una hipocresía consciente— sobre qué propone realmente Machado en términos de economía, justicia social, soberanía nacional.

La crítica desde la fe auténtica: cuando el pueblo de Dios dice basta

Frente a esta narrativa triunfalista, existe otra voz cristiana, menos amplificada por los medios pero más fiel al Evangelio y a la Doctrina Social de la Iglesia: la voz de teólogos, sacerdotes, religiosas, laicos comprometidos que rechazan tanto al autoritarismo chavista como al neoliberalismo de Machado.

Un análisis crítico publicado en el portal argentino Sur bajo el título "María Corina Machado y el prefabricado heroísmo mediático" desmonta la narrativa con precisión quirúrgica: "Se nos pide aplaudir como valentía lo que no es más que ambición personal alineada a intereses ajenos.

 Bajo el ropaje del sacrificio y la clandestinidad, se legitima la entrega impúdica de los recursos estratégicos, la privatización del patrimonio común y la subordinación política a un imperio que no oculta su voracidad".

El artículo señala que "la ficha de María Corina Machado no representa una ruptura con el pasado ni una alternativa democrática genuina. Ella es el peón envanecido en un juego político que hoy hace posible la intromisión directa del imperio en América Latina". 

Y concluye: "No se trata de defender al chavismo, que tiene sus propias miserias y autoritarismos que condenar. Se trata de rechazar que la alternativa sea entregarse atada de pies y manos a Washington".

Desde la perspectiva de la Doctrina Social católica auténtica —no la versión mutilada que instrumentalizan sectores conservadores— el proyecto de Machado es inaceptable porque:

Viola el destino universal de los bienes: Entrega recursos que pertenecen constitucionalmente al pueblo venezolano a corporaciones extranjeras cuyo único compromiso es con sus accionistas.

Ignora la opción preferencial por los pobres: Su plan de privatización masiva beneficiará a élites nacionales y extranjeras mientras despide a cientos de miles de trabajadores que quedarán en la miseria.
Pisotea la soberanía nacional: Subordina Venezuela a los intereses geopolíticos y económicos de Estados Unidos, convirtiendo al país en una colonia extractivista.

Abraza el neoliberalismo condenado por la Iglesia: Su modelo económico es exactamente el "capitalismo salvaje" que Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han criticado sistemáticamente en sus encíclicas sociales.

Promueve la violencia estructural: Aunque Machado habla de "transición pacífica", su plan económico generará violencia masiva: hambre, desempleo, desesperación, criminalidad, desintegración social.

Por qué entonces tantos cristianos la apoyan: anatomía de la confusión

¿Cómo es posible que sectores cristianos significativos apoyen a una figura cuyo proyecto contradice tan brutalmente la enseñanza social de la Iglesia? Por varias razones, todas ellas problemáticas, todas ellas sintomáticas de un catolicismo enfermo, instrumentalizado, alejado del Evangelio:

Primera razón: anticomunismo visceral. Para muchos católicos y evangélicos conservadores, especialmente en América Latina, el comunismo es el mal absoluto, el enemigo definitivo, la encarnación de Satanás en la historia. Bajo esta lógica, cualquier cosa es mejor que el comunismo. Da igual si es una dictadura militar, un gobierno neoliberal brutal, una ocupación extranjera. 

Si es anticomunista, está bendecido por Dios. Esta mentalidad se forjó durante la Guerra Fría, cuando sectores de la Iglesia se aliaron con dictaduras militares en nombre de la lucha contra el comunismo, bendiciendo torturas, desapariciones, masacres.

 No aprendieron nada. Siguen con la misma lógica binaria: Maduro es comunista, ergo Machado es buena, sin examinar qué propone realmente.

Segunda razón: confundir libertad política con neoliberalismo económico. La lucha contra un régimen autoritario es legítima. Los venezolanos tienen derecho a vivir en democracia, con elecciones libres, libertad de expresión, derechos humanos respetados.

 Pero eso no significa que la alternativa tenga que ser un modelo económico salvaje que empobrece a las mayorías. Se puede defender la democracia política sin abrazar el neoliberalismo económico. 

De hecho, la Doctrina Social de la Iglesia exige precisamente eso: democracia política con justicia social. Pero muchos cristianos han tragado el anzuelo neoliberal: creen que libertad política y libre mercado desregulado son inseparables, que no puedes tener una sin el otro. Es mentira. Es propaganda. Pero funciona.

Tercera razón: la seducción de los símbolos. Machado sabe perfectamente cómo manipular símbolos religiosos. 

El rosario al cuello, las referencias constantes a la Virgen, el lenguaje del martirio y la cruz, las bendiciones de religiosas ante las cámaras. Todo esto seduce a católicos sinceros que ven los símbolos y asumen automáticamente que están ante alguien que comparte su fe. 

No examinan el proyecto concreto. No leen los documentos que Machado presenta ante banqueros en Nueva York. No investigan qué propone realmente hacer con PDVSA, con el petróleo, con los trabajadores. Solo ven el rosario y aplauden. Es manipulación pura.

Cuarta razón: la geopolítica disfrazada de evangelización. Hay sectores del cristianismo, especialmente en Estados Unidos pero también en América Latina, que funcionan como brazos ideológicos del Imperio. Presentan sistemáticamente cualquier política pro-estadounidense como "cristiana" y cualquier resistencia a Estados Unidos como "comunista" o "anticristiana". 

Durante la Guerra Fría, estos sectores bendijeron dictaduras militares, escuadrones de la muerte, invasiones. Hoy bendicen el neoliberalismo y la subordinación a Washington. No es fe, es geopolítica. No es Evangelio, es Imperio.

Venezuela merece más que elegir entre Maduro y el saqueo

Aquí está la trampa moral, el dilema perverso en el que muchos venezolanos —especialmente cristianos— se encuentran atrapados: el régimen de Nicolás Maduro ha sido un desastre absoluto. 

Autoritario, represivo, corrupto, ineficiente, ha generado una crisis humanitaria terrible que ha forzado a más de siete millones de venezolanos al exilio, que ha hundido la economía, que ha destruido servicios públicos, que ha dejado hospitales sin insumos y escuelas sin maestros. 

Esto es innegable. El sufrimiento del pueblo venezolano bajo el chavismo es real, documentado, devastador.

Pero la respuesta no puede ser, no debe ser, no será moralmente aceptable entregar el país a María Corina Machado y su proyecto de saqueo programado. 

Venezuela no se salvará privatizando PDVSA para beneficio de ExxonMobil, despidiendo a seiscientos mil trabajadores y sus familias, vendiendo treinta millones de hectáreas a agronegocios transnacionales, entregando el agua dulce a especuladores, subordinando la política exterior a los caprichos de Washington.

Lo que la Doctrina Social de la Iglesia exigiría para Venezuela

Una alternativa genuinamente católica para Venezuela, fiel al Evangelio y a la Doctrina Social de la Iglesia, tendría que incluir estos elementos no negociables:

Primero: soberanía popular y democracia participativa. Elecciones libres sí, absolutamente. Pero no elecciones para elegir entre dos proyectos impuestos desde arriba. Mecanismos de consulta popular sobre decisiones fundamentales como la privatización de recursos estratégicos. Revocatoria de mandato si los elegidos traicionan su programa. Contraloría social efectiva sobre el uso de recursos públicos.

Segundo: economía mixta con fuerte función social. Sí al mercado, pero regulado. Sí a la inversión privada, pero sin entregar soberanía sobre recursos estratégicos. Sí a la iniciativa empresarial, pero con redistribución efectiva. PDVSA puede ser reformada, profesionalizada, vuelta eficiente sin necesidad de privatizarla. Puede haber asociaciones con empresas extranjeras en términos que beneficien al pueblo venezolano, no contratos leoninos donde Venezuela pone el petróleo y las corporaciones se llevan las ganancias.

Tercero: opción preferencial por los pobres como criterio de evaluación. Cualquier plan económico debe ser juzgado por cómo afecta a los más vulnerables. Una pregunta simple: ¿este plan reduce o aumenta la pobreza? ¿Este plan concentra o redistribuye la riqueza? ¿Este plan protege o desprotege a los trabajadores? Si las respuestas son aumenta, concentra, desprotege, entonces ese plan contradice el Evangelio y debe ser rechazado.

Cuarto: justicia social y derechos laborales robustos. Protección efectiva de los trabajadores. Sindicatos fuertes, libres, democráticos. Salarios dignos que permitan vivir con decencia. Seguridad social universal que cubra salud, desempleo, pensiones. Educación pública de calidad gratuita. Ningún despido masivo sin alternativas reales de reempleo.

Quinto: soberanía nacional en relaciones internacionales. Cooperación con todos los países del mundo: Estados Unidos, China, Europa, América Latina, donde sea. Subordinación a ninguno. Venezuela no debe ser colonia de Washington, tampoco de Beijing, tampoco de Moscú. Debe mantener relaciones de respeto mutuo, beneficio compartido, sin injerencias.

Sexto: ecología integral. Los recursos naturales deben explotarse responsablemente, pensando en las generaciones futuras, no entregarse a la voracidad extractivista sin límites de corporaciones. Protección de la Amazonía venezolana, del Orinoco, de los páramos. Regulación ambiental efectiva. Inversión en energías limpias. Venezuela tiene uno de los mayores potenciales de energía solar y eólica del mundo, pero Machado solo habla de petróleo.

Nada, absolutamente nada de esto aparece en el proyecto de María Corina Machado. Su plan es el manual del neoliberalismo clásico años 90, el recetario del FMI que destruyó economías por todo el Tercer Mundo: privatizar todo, desregular todo, abrir todo al capital extranjero, reducir el Estado a vigilante nocturno, y esperar mágicamente que el "derrame" beneficie a todos. Nunca funciona. Nunca ha funcionado. Solo enriquece a élites mientras empobrece a mayorías.

El Nobel de la Paz: prestigio que no valida el saqueo

En octubre de 2025, María Corina Machado fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose en la segunda venezolana en recibirlo tras el médico Baruj Benacerraf en 1980 (que ganó el Nobel de Medicina, no de Paz).

El Comité Noruego del Nobel destacó que "María Corina Machado cumple con los tres criterios establecidos en el testamento de Alfred Nobel para la selección de un Premio Nobel de la Paz. Ha cohesionado a la oposición de su país, nunca ha flaqueado en su resistencia a la militarización de la sociedad venezolana y ha apoyado firmemente una transición pacífica a la democracia".

Esto es respetable y debe reconocerse. Machado ha enfrentado persecución política, inhabilitación electoral arbitraria, amenazas constantes, vida clandestina. Su valentía personal frente a un régimen autoritario que la ha perseguido durante años es innegable. Merece reconocimiento por esa resistencia.

Pero el Premio Nobel de la Paz no valida su proyecto económico. Son cosas completamente distintas. 

El Comité premia su resistencia al autoritarismo chavista, su capacidad de unificar a la oposición fragmentada, su insistencia en métodos pacíficos frente a un régimen violento. 

No premia, no valida, no bendice su plan de privatizar PDVSA, de despedir seiscientos mil trabajadores, de vender treinta millones de hectáreas, de subordinar Venezuela a Washington.

De hecho, el Premio Nobel de la Paz tiene un historial profundamente problemático que debería hacernos escépticos sobre su significado moral. 

Se lo dieron a Henry Kissinger en 1973, el mismo año en que sus políticas llevaron al golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile y al inicio de una dictadura que torturó y asesinó a miles. 

Se lo dieron a Barack Obama en 2009 antes de que completara un año en el cargo, y luego Obama expandió el programa de drones que mató a miles de civiles en Pakistán, Yemen, Somalia.

Se lo dieron a la Unión Europea en 2012 mientras imponía austeridad brutal a Grecia que llevó a suicidios masivos y colapso social. 

Se lo dieron a Aung San Suu Kyi en 1991 y décadas después ella justificó genocidio contra los rohingya en Myanmar.

El Nobel de la Paz es una condecoración política, no una certificación moral infalible. Que Machado lo tenga no significa que los católicos debamos apoyar acríticamente su proyecto. Significa que resistió valientemente un régimen autoritario. Punto. No valida la privatización. No valida la subordinación al Imperio. No valida el neoliberalismo.

Si un católico venezolano me preguntara: "¿Pero entonces cómo voto, padre? ¿Por quién?", yo le respondería: "No votas por Maduro, que representa autoritarismo y fracaso económico. Pero tampoco votas por Machado, que representa saqueo y subordinación. 

Exiges, luchas, construyes una tercera alternativa. Si no existe, la creas. Esa es la vocación cristiana: no aceptar el mal menor, sino construir el bien posible".

Conclusión: el rosario no puede ser coartada del Imperio

María Corina Machado representa algo profundamente peligroso para el cristianismo latinoamericano: la instrumentalización descarada de la fe para legitimar un proyecto de saqueo neocolonial. No es la primera vez que sucede en nuestra historia. 

América Latina tiene una tradición larga y dolorosa de élites que usan el catolicismo para defender sus privilegios y sus alianzas con potencias extranjeras.

Los conquistadores españoles masacraban indígenas "en nombre de Cristo y de la Corona". Los terratenientes del siglo XIX citaban la Biblia para justificar la esclavitud. Las oligarquías del siglo XX bendecían dictaduras militares en nombre del "orden cristiano occidental" mientras torturaban sacerdotes, monjas, catequistas en sótanos clandestinos.

 Los empresarios invocan a la Virgen mientras explotan trabajadores pagándoles salarios de miseria. Y ahora María Corina Machado lleva el rosario al cuello mientras ofrece el petróleo venezolano a corporaciones estadounidenses.

Es la misma historia, el mismo pecado, la misma traición. Usar a Cristo para justificar lo que Cristo condenaría. Invocar el Evangelio para legitimar exactamente lo contrario del Evangelio. Convertir la cruz en espada, el rosario en arma, la Virgen en estandarte de guerra.

Algunos católicos la apoyan porque están desesperados, porque el chavismo ha causado tanto sufrimiento que cualquier alternativa parece mejor.

 Es comprensible humanamente. Pero es moralmente inaceptable. No podemos combatir un mal abrazando otro. No podemos derrotar el autoritarismo chavista entregando el país al autoritarismo del mercado sin regulación. No podemos liberar a Venezuela de Maduro para encadenarla a ExxonMobil.

El hecho de que el Papa León XIV la haya recibido no cambia nada de esto. El Papa recibe a cientos de personas cada año, incluyendo líderes políticos cuyas políticas contradicen la enseñanza católica. Una audiencia es un gesto pastoral, no un endorsement político. El Papa no validó su proyecto económico. No bendijo la privatización. 

No legitimó la subordinación a Washington. La escuchó, como escucha a muchos que sufren. Nada más.

Lo que los católicos venezolanos —y todos los latinoamericanos— necesitamos urgentemente es discernimiento: la capacidad de distinguir entre la lucha legítima por la democracia y la libertad, por un lado, y un proyecto económico que perpetuará la injusticia bajo nuevos amos, por otro. Necesitamos la valentía de rechazar el falso dilema entre Maduro y Machado, entre chavismo autoritario y neoliberalismo salvaje.

María Corina Machado lleva el rosario al cuello. Habla de la Virgen de Coromoto. Dice que va "de la mano de Dios hasta el final". Pero su proyecto real —privatizar PDVSA, despedir seiscientos mil trabajadores, entregar el petróleo a ExxonMobil y Chevron, vender treinta millones de hectáreas a agronegocios extranjeros, subordinar la política exterior venezolana a los intereses de Washington— no tiene nada, absolutamente nada que ver con el Evangelio de Jesucristo ni con la Doctrina Social de la Iglesia Católica.

El rosario no puede ser coartada del saqueo. La Virgen de Coromoto no bendice contratos petroleros leoninos con corporaciones extranjeras. 

Dios no camina de la mano de quien pisotea la dignidad de los trabajadores y vende la soberanía de su pueblo por un puñado de dólares y una foto en la Casa Blanca.
Venezuela merece infinitamente más. 

Los católicos venezolanos merecen infinitamente más. El Evangelio exige infinitamente más que esta falsa elección entre dos proyectos que, cada uno a su manera, traicionan la dignidad del pueblo venezolano.

Hay otros caminos. Caminos que defiendan la democracia y la justicia social. Caminos que protejan la libertad y la soberanía nacional. Caminos que reconozcan el papel del mercado sin convertirlo en ídolo. Caminos que redistribuyan la riqueza sin aplastar la iniciativa. Caminos que honren verdaderamente la Doctrina Social de la Iglesia, no su caricatura instrumentalizada.

María Corina Machado, con todo su valor personal frente a la persecución, con todo su Nobel de la Paz, con toda su audiencia papal, no representa ninguno de esos caminos. 

Representa la vieja historia de siempre: élites latinoamericanas que prefieren ser socias menores del Imperio antes que arriesgar sus privilegios construyendo una nación soberana y justa.

Y nosotros, los católicos que tomamos en serio el Evangelio, tenemos la obligación de decirlo. Alto y claro. Sin miedo y sin complejos. María Corina Machado no es la alternativa que Venezuela necesita. No es la líder que los católicos debemos seguir. No es el proyecto que el Evangelio bendice.

Y que nadie se atreva a acusarnos de defender a Maduro por decir esto. Rechazamos al chavismo autoritario con la misma firmeza con que rechazamos el neoliberalismo de Machado. Lo que defendemos es la posibilidad de un camino diferente, uno que no esté en los planes ni de Miraflores ni de la Casa Blanca, sino en el corazón del pueblo venezolano y en las exigencias del Evangelio.

Ese camino es posible. Ese camino es necesario. 

Y ese camino, cuando finalmente se construya, no llevará el rosario como accesorio político, sino como lo que realmente es: instrumento de oración, símbolo de humildad, recordatorio constante de que el poder verdadero no está en los palacios ni en las corporaciones, sino en el servicio, en la justicia, en el amor preferencial por los últimos.


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