Paloma le garantiza a Álvaro Uribe estructura, partido y continuidad institucional, pero Abelardo le permite conectar con una derecha mucho más radicalizada, emocional y atravesada por la lógica del espectáculo digital. He ahí el dilema del uribismo después de Uribe
Hace algunas semanas, en medio de la pelea permanente que vive hoy la derecha colombiana de cara a las elecciones presidenciales de 2026, Uribe Vélez fue explícito al cerrar filas alrededor de la senadora Paloma Valencia como candidata del Centro Democrático. “Paloma siempre ha sido consistente en la defensa de nuestras tesis desde el Gobierno y que hemos defendido en la oposición”.
Cuando Uribe habla de “nuestras tesis”, no hay mucho misterio. Habla del libreto histórico del uribismo: seguridad entendida exclusivamente como fortalecimiento militar y ampliación de la capacidad coercitiva del Estado; defensa férrea de los grandes intereses empresariales; rechazo a reformas redistributivas; y una idea del orden público donde casi cualquier conflicto social termina reducido a un problema de autoridad, control o amenaza institucional.
No fue solamente un respaldo electoral. Era casi una certificación de pureza ideológica. Uribe diciéndole al país: “esta sí es de las nuestras”.
En ese mismo pronunciamiento de mayo, Uribe aprovechó para lanzarle un dardo a Abelardo de la Espriella: “Llegó seis meses después de haber iniciado el proceso interno del partido (...) semanas después dijo que nunca quiso ser parte del Centro Democrático”.
La frase parece menor, pero en realidad le destruye buena parte del personaje político a Abelardo. Si intentó entrar al Centro Democrático y no pudo, nunca estuvo realmente por fuera del universo uribista. No apareció desde los márgenes antisistema ni desde una rebelión contra las élites políticas. Simplemente quiso disputar espacio dentro del mismo ecosistema y terminó armando su propio show aparte.
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El propio Centro Democrático incluso salió después a defender a Paloma y a recordarle públicamente a Abelardo que sí había buscado entrar al proceso interno del partido:
“En esta ocasión el doctor Abelardo se equivoca gravemente: Paloma Valencia representa la nueva política. Su trayectoria pública y privada tiene un denominador incuestionable: su transparencia y honestidad como el agua cristalina.
Habrá que preguntarle al doctor Abelardo, si en junio del año pasado, cuando solicitó ingresar al proceso de selección del candidato presidencial del Centro Democrático, y que por razones de reglamento del partido no pudo hacerlo, pensaba lo mismo”.
El choque es una disputa interna sobre quién tiene más legitimidad para representar el legado político del uribismo en un momento en que ya no pueden ordenar solos el tablero político
La tensión no proviene entonces de que Abelardo sea ajeno al universo uribista, sino de que intentó disputar espacio dentro de él y terminó construyendo una plataforma propia cuando no logró consolidarse dentro de la estructura partidaria. Bastante incómodo para alguien que intenta venderse como el outsider del proceso.
El choque no es realmente una confrontación entre derecha y antiestablecimiento. Es una disputa interna sobre quién tiene más legitimidad para representar el legado político del uribismo en un momento en que ya no pueden ordenar solos el tablero político.
Incluso en medio de los ataques, Uribe nunca rompió completamente con Abelardo. Meses antes de cerrar filas públicamente con Paloma Valencia, el propio expresidente dejó abierta la posibilidad de respaldar a De la Espriella. “Si Abelardo pasa a segunda vuelta, estaremos con él”. Abelardo nunca fue tratado como enemigo ideológico, sino apenas como un competidor incómodo.
Uribe entiende perfectamente que Abelardo disputa el mismo electorado antipetrista, conservador y profundamente emocional que durante años orbitó alrededor del uribismo. Por eso intenta disciplinarlo sin expulsarlo del todo, como ha sido su costumbre.
Paloma Valencia representa la versión institucional de ese proyecto político. El uribismo de partido, Senado, debates, columnas, foros empresariales y lenguaje jurídico.
Creció políticamente dentro del Centro Democrático en pleno auge de la oposición al proceso de paz con las FARC y terminó convirtiéndose en uno de los rostros más visibles de la campaña por el “No” en el plebiscito de 2016, justo cuando el uribismo reorganizó buena parte de la derecha colombiana alrededor del miedo, la autoridad y la idea de que cualquier transformación profunda podía destruir el país.
Como suele pasar en el uribismo, problemas históricos y sociales complejísimos terminan reducidos a una cuestión de orden público
Paloma intenta proyectar una imagen de derecha “moderna”, técnica e institucional. Pero en el fondo sus posiciones suelen ser mucho más radicales que el tono sofisticado y elegante con el que las presenta.
En 2020, por ejemplo, propuso dividir el Cauca entre una zona indígena y una zona mestiza como respuesta a los problemas de violencia y gobernabilidad del departamento. Una idea delirante presentada casi como solución administrativa. Como si décadas de abandono estatal, conflicto armado y desigualdad pudieran resolverse trazando líneas étnicas en un mapa.
Como suele pasar en el uribismo, problemas históricos y sociales complejísimos terminan reducidos a una cuestión de orden público. La protesta social se vuelve vandalismo. Las demandas sociales se convierten en amenaza institucional.
La redistribución termina presentada como un salto hacia el ridículo fantasma del “castrochavismo”. Nada nuevo bajo el sol.
Aunque Paloma habla desde un tono más institucional, el núcleo sigue siendo el mismo: seguridad, autoridad, defensa del modelo económico tradicional y desconfianza frente a cualquier transformación profunda del país. Paloma representa el uribismo que habla de institucionalidad mientras pide más mano dura.
Abelardo es otra cosa. O más bien, el mismo proyecto político, pero adaptado a la era TikTok. Su figura no se construyó desde partidos ni desde debates parlamentarios.
Abelardo entendió hace rato que en cierta derecha latinoamericana ya no basta con tener discurso político; también hay que actuar y exagerar el personaje
Se construyó desde el espectáculo. Videos, escándalo permanente, frases explosivas y confrontación emocional todo el tiempo. Abelardo entendió hace rato que en cierta derecha latinoamericana ya no basta con tener discurso político; también hay que actuar y exagerar el personaje.
El reloj. El carro lujoso. El grito. El video bailando como tío millonario en matrimonio de finca. La amenaza pública. Las entrevistas donde humillar mujeres parecen parte del personaje político. Todo exagerado, todo diseñado para circular, y aun así intenta venderse como outsider.
Lo curioso es que lleva años orbitando exactamente los mismos círculos de poder que dice despreciar. Abelardo no salió de ningún movimiento antisistema.
Construyó su visibilidad como abogado de empresarios, figuras de élite y personajes vinculados a algunos de los escándalos más turbios del país. Muy rebelde todo… pero desde adentro de las élites.
Por eso resulta tan llamativa esa narrativa donde aparece casi como un enemigo del establecimiento colombiano, cuando en realidad habla desde ese mismo establecimiento. Lo representa bastante bien, además, solo que en una versión más agresiva, más emocional y mucho más estridente.
También en una versión mucho más obsesionada con una idea específica de masculinidad y poder, de exacerbar la caricatura del macho alfa costeño.
Su figura política dialoga con una tradición muy reconocible de cierta derecha latinoamericana: el líder hipermasculinizado que mezcla exhibición de riqueza, agresividad permanente y desprecio por cualquier límite institucional o cultural que le parezca incómodo.
Buena parte de su personaje político gira alrededor de eso. El hombre poderoso que nunca pide disculpas. El que ridiculiza la corrección política. El que convierte la arrogancia en símbolo de liderazgo.
Por eso no sorprende tanto su admiración por figuras como Nayib Bukele o Javier Milei. De Bukele toma la obsesión con la autoridad absoluta, la militarización y el culto al líder fuerte.
De Milei copia el show permanente, la política convertida en espectáculo y esa estética del hombre furioso que llega a destruirlo todo con una motosierra, misma que el mismo Abelardo usó alguna vez en un espectáculo disfrazado de mitin.
Pero en el fondo sus posiciones económicas y políticas siguen siendo profundamente tradicionales: defensa irrestricta del gran empresariado, rechazo a reformas redistributivas y seguridad entendida desde la lógica del castigo. Nada muy antisistema, la verdad.
Por eso la pelea entre Paloma y Abelardo no es realmente ideológica. Los dos dicen cosas bastante parecidas sobre la izquierda, el orden público, el modelo económico y la autoridad. Los dos convierten a Petro y a Cepeda en una amenaza existencial para Colombia.
Los dos defienden la mano dura y presentan cualquier transformación profunda como un riesgo de destrucción nacional
Los dos apelan constantemente al trillado fantasma del “castrochavismo”. Los dos defienden la mano dura y presentan cualquier transformación profunda como un riesgo de destrucción nacional.
La diferencia es que Paloma lo hace desde la lógica de la dirigente institucional. Abelardo desde el performance del caudillo mediático. Una habla desde el Senado y el otro desde el ring de redes sociales, pero dentro de un mismo horizonte político.
Abelardo de la Espriella no tendría ningún problema en representar orgullosamente al uribismo si eso le sirviera políticamente. De hecho, gran parte de su capital político salió precisamente de ahí.
Ha defendido públicamente a Álvaro Uribe, construyó su figura como abogado de élites económicas y personajes vinculados al poder tradicional —incluyendo figuras cuestionadas y sectores cercanos al narcotráfico y al paramilitarismo— y constantemente intenta emular liderazgos como los de Bukele o Milei.
Uribe lo sabe. Por eso nunca termina de romper con él. Paloma le garantiza estructura, partido y continuidad institucional. Abelardo le permite conectar con una derecha mucho más radicalizada, emocional y atravesada por la lógica del espectáculo digital.
La tensión entre ambos solo muestra la adaptación del uribismo. El viejo uribismo institucional ha entendido que ahora necesita convivir con versiones más escandalosas, más virales y más incendiarias de sí mismo.
En el fondo, la derecha colombiana todavía no resuelve cuál de esas versiones le resulta más útil para disputar una eventual segunda vuelta presidencial.
La derecha institucional de Paloma Valencia puede ofrecer aparente estabilidad, partido y capacidad de interlocución con las élites tradicionales. Pero figuras como Abelardo conectan mucho más fácilmente con una lógica política atravesada por redes sociales, indignación permanente y emocionalidad radicalizada.
Ese es probablemente el verdadero dilema del uribismo después de Uribe: cómo conservar legitimidad institucional sin perder conexión con una base política cada vez más agresiva, más emocional y menos interesada en las formas tradicionales de la política.
https://www.diario-red.com/articulo/colombia/paloma-valencia-abelardo-espriella-dos-caras-uribismo/20260518100000069731.html
