Las relaciones internacionales entran en la era de la ruleta rusa.
Los elementos fundamentales que limitan las relaciones internacionales se están desmantelando hoy. La guerra contra Irán solo acelerará este proceso y profundizará el caos que ya configura la política global.
Sea cual sea el resultado de la crisis actual, el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán tendrá consecuencias que trascienden el destino de la propia República Islámica. Lo que realmente está en juego es la percepción de lo posible y aceptable en las relaciones internacionales. Esa percepción está cambiando, y no para mejor.
En primer lugar, cualquier apelación al derecho internacional, que sustenta formalmente la diplomacia, ha perdido incluso su significado simbólico.
Cuando Estados Unidos se preparaba para invadir Irak en 2002-2003, aún consideraba necesario solicitar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU.
Colin Powell compareció ante la ONU con un tubo de ensayo para demostrar la existencia de armas de destrucción masiva iraquíes, acompañado de una retórica cuidadosamente elaborada.
El argumento fracasó, pero el intento en sí mismo fue importante. Reflejaba la creencia de que aún se requería algún tipo de justificación.
Hoy, incluso ese reflejo ha desaparecido. Ni las hostilidades del verano pasado ni la escalada actual implicaron ningún intento de obtener la aprobación de las instituciones internacionales. En Washington, el debate se ha vuelto interno.
Los críticos argumentan ahora que Donald Trump carecía de la autoridad constitucional para lanzar una guerra sin la aprobación del Congreso, algo que George W. Bush obtuvo formalmente antes de invadir Irak. Pero esta es una disputa interna estadounidense. La legitimidad externa ya no se considera relevante.
El propio proceso diplomático ha dado un vuelco. La reciente guerra de 12 días entre Israel e Irán, en junio del año pasado, y la actual agresión estuvieron precedidas de intensas negociaciones. Estas conversaciones no fueron meros gestos teatrales.
Se discutieron propuestas concretas para resolver la cuestión nuclear. Sin embargo, en ambos casos, las negociaciones desembocaron directamente en una acción militar sin llegar a una ruptura formal.
En el caso de Israel, este enfoque es al menos consistente. Los líderes israelíes nunca han ocultado su objetivo de destruir el régimen iraní y han tachado abiertamente la diplomacia de inútil. Estados Unidos, en cambio, utilizó el diálogo con cinismo.
No como una vía para llegar a un acuerdo, sino como una forma de bajar la guardia de Irán antes de atacar.
¿Qué lecciones sacarán de esto los países que negocian actualmente con EE. UU.? Es obvio. No se puede confiar en el proceso. Solo se puede confiar en uno mismo y en la propia fuerza. Como mínimo, se necesita una influencia que la otra parte no pueda ignorar. Más allá de eso, la lógica se vuelve aún más oscura.
Por primera vez desde el asesinato de Muamar el Gadafi, el líder de un estado soberano ha sido eliminado mediante un ataque selectivo. Es más, esto se ha presentado públicamente como un logro positivo, incluso como una contribución a la paz.
Alí Jamenei era el líder legítimo de un país miembro de la ONU, reconocido por prácticamente toda la comunidad internacional y plenamente comprometido con las relaciones internacionales.
Esto incluyó negociaciones con los mismos actores que organizaron el ataque, negociaciones que continuaron hasta el momento en que se utilizó la fuerza.
El asesinato de un líder estatal por parte de las fuerzas armadas de otro Estado, perpetrado deliberadamente y siguiendo el mismo modelo empleado contra líderes terroristas o de cárteles de la droga, representa una nueva etapa en la política mundial.
El contraste con casos anteriores de cambio de régimen es ilustrativo. Gadafi fue asesinado por libios en medio de un colapso interno. Saddam Hussein fue ejecutado tras un juicio celebrado por un tribunal iraquí, por muy cuestionable que fuera su imparcialidad.
El caso de Irán es diferente. Replica el método empleado por Israel contra los líderes de Hezbolá y Hamás, un método plenamente respaldado por Washington.
Lo que se está desmantelando son las últimas restricciones heredadas de épocas anteriores. La legitimidad del Estado ya no se basa en el reconocimiento formal ni en la personalidad jurídica, sino en las circunstancias y las preferencias personales.
Las relaciones internacionales empiezan a parecerse a una ruleta rusa. En el pasado, las normas se violaban con frecuencia y la moral se interpretaba de forma diferente en las distintas culturas. Pero existían marcos. Ahora se están descartando.
Dado que esta erosión ha sido gradual, muchas élites políticas tratan estos acontecimientos simplemente como otro episodio agudo, pero comprensible, de rivalidad geopolítica. Se equivocan. Para los opositores de Estados Unidos, las conclusiones son inevitables.
En primer lugar, negociar con Washington es inútil. Las únicas alternativas son la capitulación o prepararse para un resultado basado en la fuerza.
En segundo lugar, es cada vez más plausible que ya no haya dónde retirarse ni nada que perder. En este escenario, cualquier argumento "final" se vuelve legítimo, incluido el botón rojo, ya sea literal o figurado.
Estas conclusiones son válidas independientemente de cómo se desarrollen los acontecimientos en Irán. Incluso si se produce un resultado similar al de Venezuela, una transferencia de poder tras bambalinas diseñada para satisfacer a las partes interesadas externas, el daño no se reparará.
El mecanismo para cambiar gobiernos por la fuerza ha sido demostrado, y es mucho más severo que las revoluciones de colores de la década de 2000.
La resistencia se endurecerá, no se suavizará. En ciertos escenarios, las consecuencias podrían ser catastróficas.
También existe una dimensión regional más amplia. La invasión de Irak en 2003 sigue siendo el punto de referencia clave. Esa campaña destrozó el orden de posguerra en Oriente Medio.
La rápida derrota del ejército de Saddam Hussein generó euforia en Washington y optimismo sobre la posibilidad de reestructurar la región según los lineamientos estadounidenses.
Ocurrió lo contrario. El control se debilitó, actores inesperados ganaron poder y la inestabilidad se extendió. Irónicamente, el auge de Irán como fuerza regional fue en sí mismo producto de la destrucción de Irak.
Si Irán se transforma ahora mediante la fuerza militar, la región volverá a entrar en una fase nueva e impredecible.
La visión de Trump para Oriente Medio es simple: Israel se convertirá en la potencia militar dominante, mientras que la integración económica con las monarquías del Golfo se profundiza en beneficio de Estados Unidos.
Irán se interpone en el camino, tanto como fuente de temor para sus vecinos como actor soberano con sus propios intereses y alianzas. Si se lo elimina o se lo debilita, la arquitectura militar-comercial parece viable.
Pero Irak debería servir de advertencia. Irán es demasiado central en el tejido político, cultural e histórico de Oriente Medio como para que un plan de este tipo se desarrolle sin contratiempos. Según filtraciones, Trump dudó antes de autorizar el ataque.
Le convenció la promesa de enormes beneficios: control del Golfo, influencia en territorios que se extienden desde el Cáucaso hasta Asia Central y nuevas oportunidades comerciales acordes con su visión del mundo.
En teoría, la lógica es convincente. En la realidad, estos proyectos rara vez se desarrollan según lo previsto.
La conclusión final no es nueva.
La coerción y la fuerza bruta son cada vez más centrales en la política global. Todo lo demás es secundario. Incluso la pretensión de justificación moral o ideológica ya no es necesaria. La forma en que los Estados responden a esta realidad es una cuestión de elección. Pero fingir que no existe ya no es una opción.
https://www.rt.com/news/633545-what-war-on-iran-changes/

