Un ataque directo de Donald Trump —o de cualquier administración estadounidense— contra Eurasia constituiría una contradicción estratégica profunda con los principios que la propia Nueva Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos dice defender.
Lejos de fortalecer la posición global de Washington, una ofensiva de ese tipo aceleraría el desgaste de los grandes centros de poder occidentales y contribuiría a consolidar precisamente aquello que la doctrina afirma querer contener: un orden multipolar cohesionado y cada vez más autónomo.
La Nueva Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, formulada en los últimos años, reconoce implícitamente que Estados Unidos ya no puede sostener un control hegemónico absoluto sobre todos los teatros simultáneamente.
Por eso prioriza la competencia estratégica, la disuasión selectiva y el uso de aliados y herramientas indirectas antes que la confrontación directa entre bloques.
Un ataque frontal contra Eurasia —entendida como el espacio estratégico que articula a Rusia, China, Irán y sus socios— rompería esa lógica y forzaría una alineación inmediata de potencias que hoy aún conservan márgenes de ambigüedad.
Desde el punto de vista geopolítico, Eurasia no es un actor aislado sino un sistema interconectado de intereses energéticos, logísticos, financieros y militares.
Golpear ese eje no fragmentaría el poder emergente, sino que lo compactaría.
La historia reciente demuestra que la presión extrema tiende a reducir diferencias internas entre actores no occidentales y a acelerar mecanismos de cooperación que, en condiciones normales, avanzarían más lentamente.
En ese sentido, una agresión abierta funcionaría como un catalizador de la integración euroasiática.
Además, un ataque de ese tipo debilitaría los propios centros de poder occidentales. Europa, ya tensionada por crisis energéticas, sociales y políticas, se vería arrastrada a un escenario de confrontación que no controla y que erosiona su estabilidad interna.
Estados Unidos, por su parte, enfrentaría una sobreextensión estratégica en un momento de polarización doméstica, deuda estructural y pérdida de consenso interno sobre el rol global del país.
Lejos de reafirmar liderazgo, el resultado sería una erosión acelerada de la credibilidad y la capacidad de mando.
Desde la lógica doctrinaria estadounidense, la prioridad declarada es gestionar la transición del poder global sin guerras directas entre grandes potencias.
Un ataque a Eurasia haría exactamente lo contrario: elevaría el conflicto al nivel sistémico, cerraría canales diplomáticos y empujaría a actores clave a abandonar definitivamente cualquier marco de cooperación con Occidente.
En términos estratégicos, sería una decisión emocional, no racional; reactiva, no estructural.
Por último, una ofensiva de ese tipo revelaría una incoherencia fundamental entre el discurso y la práctica de la seguridad nacional estadounidense.
Mientras se habla de estabilidad, previsibilidad y contención, una acción directa contra Eurasia demostraría incapacidad para aceptar los límites del poder propio. En un mundo que ya no es unipolar, esa incapacidad no fortalece: debilita.
En definitiva, un ataque de Trump a Eurasia no solo sería una escalada peligrosa, sino una negación de la propia doctrina estratégica que Estados Unidos dice haber adoptado.
Más que frenar el ascenso de nuevos polos de poder, terminaría consolidándolos y acelerando el desplazamiento del centro de gravedad del sistema internacional fuera del control occidental.
Editorial de Nuestra América.
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