Rubio se convertiría en el más importante aliado del clan Hernández en Washington
Marco Rubio, secretario de Estado de Donald Trump, se encuentra en el centro de lo que la periodista Maureen Tkacik –editora de la sección de investigación de la revista “The American Prospect”– define como la política más cínica del actual gobierno republicano: “un plan para colocar a jefes de los cárteles de la droga y a sus compinches en lo más alto de los gobiernos latinoamericanos, (presentándolo todo) como una forma de luchar contra los cárteles de la droga”.
Como iremos desgranando en los siguientes párrafos, la vida familiar y profesional de Rubio, hijo de inmigrantes cubanos radicados en Miami, nunca estuvo lejos del narcotráfico y algunos de sus protagonistas más conspicuos.
Cuando el exsenador por el Estado de Florida tenía dieciséis años, su cuñado –un exiliado cubano llamado Orlando Cicilia– lo contrató para que lo ayudara en su negocio de importación de animales exóticos.
Como comenta Tkacik, Rubio usaría el dinero ganado en esos cachuelos para hacerse de boletos para todos los juegos de los Miami Dolphins, su equipo de fútbol americano favorito.
El actual secretario de Estado de Trump se quedó sin chamba cuando las autoridades descubrieron que el negocio de importaciones de Cicilia no era más que una tapadera para traficar cocaína y marihuana.
Entre 1976 y 1987, y en calidad de testaferro de Mario Tabraue (un gánster cubanoestadounidense que en cierta ocasión alardeó de haber servido de inspiración para la creación del personaje Tony Montana, encarnado por Al Pacino en el filme “Scarface”), Cicilia había usado su empresa de importación de animales exóticos para llevar a Estados Unidos cerca de ochenta millones de dólares en narcóticos ilegales.
De acuerdo con Manuel Roig-Franzia, reportero de “The Washington Post”, el ahora secretario de Estado ayudaba a su cuñado construyendo las jaulas. Otro de los cachuelos que Rubio hacía al servicio de su cuñado era bañar a sus perros, tarea que el republicano llevaba a cabo en la casa de Cicilia, uno de los lugares donde el cubano almacenaba cocaína.
Cuando la cadena mexicana Univisión destapó el vínculo entre Cicilia y Rubio en 2011, el republicano de origen cubano que hoy quisiera bombardear Cuba se defendió aduciendo que solo era un adolescente cuando todo eso ocurrió, y asegurando que no estaba al tanto de lo que viajaba en las jaulas que él construía para el esposo de su hermana y Tabraue, su infame capo.
Pero Rubio difícilmente podría alegar ignorancia o falta de experiencia con respecto a las conexiones c deon narcotraficantes que establecería luego, a lo largo de su exitosa carrera política.
En 2018, el exsenador por el Estado de Florida publicó un tuit agradeciendo a Juan Orlando Hernández (el expresidente de Honduras condenado a cuarenta y cinco años por tráfico de cocaína recientemente indultado por Trump) “por su apoyo a Estados Unidos e Israel ante Naciones Unidas y por perseguir a narcotraficantes”.
Para cuando Rubio escribió ese tuit, el hermano del expresidente hondureño –Juan Antonio Hernández– ya tenía más de una década llevando toneladas de cocaína a Estados Unidos, delito por el que sería condenado a cadena perpetua en marzo de 2021.
El gesto de Rubio en favor de Hernández no se debió únicamente a que su escandalosamente corrupto régimen fuera conservador y de derechas, sino, sobre todo, al hecho de que el hondureño era un importante cliente del BGR Group, lobby estadounidense al que pagó más de medio millón de dólares para limpiar su imagen en Washington.
En 2010 y 2016, el BGR Group había hecho de recaudador de fondos para las campañas políticas de Marco Rubio, llegando incluso a contribuir con decenas de miles de dólares de sus propios fondos para que el republicano llegue al Senado (“The Intercept”, 01/12/25). Con este lobby como nexo, Rubio se convertiría en el más importante aliado del clan Hernández en Washington.
El republicano llevaría a cabo un rol similar de cara al clan Noboa, de Ecuador.
Hace diez días, Rubio llamó por teléfono a Daniel Noboa, presidente de Ecuador, para agradecerle su “colaboración para enfrentar el narcoterrorismo”, a pesar de que la compañía de exportación de fruta de la familia del ecuatoriano –la Noboa Trading Co.– está involucrada en el tráfico de cientos de kilos de cocaína hacia Europa (Insightcrime.org, 11/04/25).
Rubio también ha fungido de defensor voluntarioso del colombiano Álvaro Uribe, reconocido como agente político del Cártel de Medellín y amigo íntimo de Pablo Escobar en un análisis del Pentágono estadounidense de 1991 (Nsarchive2.gwu.edu, 02/08/04).
Como sucedió con el perdón recientemente otorgado a Hernández, el uso y abuso de figuras legales para dejar en libertad a notorios criminales asociados al tráfico de cocaína no es raro en EE. UU., y responde a cuestiones político-ideológicas.
El narcotraficante Tabraue, jefe del cuñado de Rubio y anticomunista fanático –hijo de un cubano informante de la CIA que participó en el desembarco de Bahía de Cochinos–, fue condenado a cien años tras las rejas, pero salió de la cárcel tras solo doce.
De acuerdo con el periodista y escritor estadounidense Douglas Valentine –veterano investigador de las cochinadas de la CIA y la DEA–, la eminentemente ficticia “guerra contra las drogas” estadounidense se nutre de dos fuentes primordiales: “el racismo que ha definido a (EE. UU.) desde su creación (recordemos cómo la droga que la Contra nicaragüense exportaba a EE. UU., con conocimiento de la CIA, se comercializaba en barrios afroamericanos, alimentando la crisis del crack y una ola de encarcelamientos por posesión) …y una política gubernamental que permite a los aliados políticos traficar narcóticos” (Counterpunch.org, 11/09/15; los paréntesis son nuestros).
Marco Rubio, que habla fluidamente el castellano, parece haber sido elegido para administrar las relaciones con esos aliados políticos privilegiados, una derecha latinoamericana gansteril.
Daniel Espinosa
https://www.leerydifundir.com/2026/01/la-narcoderecha-latinoamericana-marco-rubio/

